La libertad no consiste en abrazar la doctrina adecuada sino en desasirse de todas ellas

domingo, 25 de mayo de 2014

Soledades de domingo... Amores de lunes

Soledades de domingo

 I

En un supermercado de una gran firma nacional, los compradores menudean en la tarde de domingo. Se trata de uno de esos locales con amplio horario de apertura que abarca hasta altas horas de la madrugada e incluye festivos. En la cola que aguardan tres o cuatro personas frente a la única caja operativa, un hombre de unos sesenta años se dirige a la mujer de mediana edad que le precede: " Vive uno solo y la tarde del domingo se hace larga, parece mentira que un domingo haya  necesidad de comprar, es como si a uno le faltara algo siempre, se deja llevar por el impulso de bajar precipitadamente a la calle aunque sea al supermercado". La mujer contempla los objetos completamente prescindibles que porta en sus manos quien le habla, no dice nada, paga al cajero la revista que un momento antes ha escogido del expositor de prensa y sale a la calle. 

Mientras espera el autobús que la llevará a casa, hojea las páginas de papel satinado, donde se despliega a todo color el diseño interior de grandes mansiones familiares, operación que se ve interrumpida por la llegada del vehículo. Antes de abordarlo guarda en el bolso su compra vespertina del domingo y pone rumbo a su piso de soltera de apenas cuarenta metros en un barrio.

II

En la terraza de una céntrica cafetería no todas las mesas están ocupadas a última hora de la tarde del domingo. Avanza la primavera y las temperaturas invitan a esperar la hora del atardecer para tomar un café o un refresco cuando aún no es hora del aperitivo.

La mujer de apenas treinta años ha llegado pronto a su cita y le contraría tener que aguardar sola la llegada de ese hombre a quien empieza a conocer y en quien deposita las esperanzas aún no muy precisas de una relación. 

Distrae la mirada entre las mesas a medio ocupar del entorno mientras es abordada por una mujer de edad que amablemente le solicita permiso para ocupar asiento a su lado. La sorpresa,  por un instante, la sume en la confusión, no sabe qué exactamente quiere la desconocida de aspecto honorable y atildada vestimenta: "¿Perdone?", "Sí, le decía si no le importa que le haga un rato compañía pues he visto que está usted sola en esta mesa", "ah, no, es que, verá...estoy...estoy esperando a alguien", sonríe azorada, la señora de edad le devuelve la sonrisa sin azoramiento y con resignada aceptación se retira de la mesa.

La mujer no alcanza a comprender por qué una desconocida  ha solicitado asiento en su mesa cuando hay tantas sin ocupar en la terraza, además, se dice para sí, alguien de aspecto tan agradable no es probable que sufra algún trastorno mental. Pero advierte que la señora vuelve a solicitar asiento entre las pocas personas que están ocupando solas una mesa, con el mismo resultado infructuoso.

El sol ha bajado en el horizonte y está a punto de desaparecer cuando llega, puntual a la cita, el hombre a quien está aguardando. Su presencia la rescata de cualquier otra observación, tienen mucho que decirse, él la atrae poderosamente. 

Transcurridos unos minutos, en un punto de inflexión en el diálogo, la mujer advierte que la desconocida que mendigaba compañía ha acabado sentándose, sola, en una mesa en el centro de la terraza, donde se deleita con una infusión que escancia con parsimonia de una tetera, sus facciones delatan aplomo, aceptación y un esbozo de sonrisa vuelta hacia su propios pensamientos.



 

Amores de lunes

I

En días laborables, las horas se compilan entre informes, agenda compartida, asuntos pendientes que requieren puesta en común de ideas, son compañeros que en la pausa para el almuerzo conversan animadamente, prestándose entre sí cuidada atención aunque la trivialidad del tema no requiera entrar en matizaciones precisas. La mujer, de facciones regulares y ancha sonrisa, es levemente más baja de estatura que  el hombre que camina a su lado, de complexión atlética y calvicie completada por un rapado integral que hace de su cráneo una efigie de moneda antigua. Pronto culminarán la cuarentena y doblarán la esquina de una década que inaugura decenio. Los hijos crecen, es de agradecer que vayan dejando atrás la voluble adolescencia, a veces el parentesco sanguíneo o político salpica el diálogo de anécdotas familiares, los respectivos cónyuges no siempre quedan al margen de ese territorio común de la oficina que solo a ellos dos pertence, pero cuando los aluden lo hacen como de pasada, como quien hace un cuenteo de inventario.

En casa dan por descontado el calor de lo reconocido, los hijos, el marido, la mujer, presentes durante años, en un discurrir de afectos, discusiones, acuerdos y apego de lo tibio que alimenta los apetitos básicos: el calor de manta en invierno, la ráfaga de ventilador en verano, yo también a tí, díselo a mamá, ha llegado tu padre, saca los pies de encima de la mesa, sólo faltan los cubiertos, he pedido un anticipo. 

Pero anécdotas al margen, la oficina es  un paréntesis en lo familiar cotidiano, conforma una vida en paralelo que es otra vida, una complicidad tácita, sin definiciones que acoten, sin necesidad de concreciones más allá de la sonrisa, la mirada cálida, ocho horas diarias, cinco días a la semana. Sin citas a escondidas, sin engaños.

Cada mañana, al ritmo de la alarma del despestador, se irán desperezando esas otras cuestiones que sólo atañen al mundo de la oficina, una página nueva en el dietario, asuntos por resolver que se comparten, la hora del almuerzo, la sonrisa ancha, un casual roce de antebrazos, una circunstancial   palmada en la espalda, ese brillo que luce al fondo de una mirada, el lunes es el primer día de la semana.


 II


Han entrado al bar donde suelen desayunar a diario para tomar un bocadillo aprovechando una pausa entre clases. Tienen apenas veinte años, el muchacho alto con gafas de pasta se expresa con enfático amaneramiento, el otro, que le aventaja en estatura, le convierte en blanco de sus confidencias.

- Joder, tío, estoy fatal

- Eso digo yo, hay que ver qué mañana llevas, por Dios
  
- No he pegado ojo en toda la noche

- ¿Y eso?

- Esa rubia que me trae loco

- ¿La...? y qué que te trae malo, ¿no?

- En un sin vivir

- Pero que te pone...

- Que no paro de comerme el coco

- Pero tú no te...

- Sí, pero para nada, ni por esas duermo

El muchacho amanerado suelta un histriónico suspiro, el que acaba de confesar su rendido amor por una rubia ausente de la escena tiene el rostro abatido por el insomnio, así permanecerá durante bastantes días consecutivos. Quien le observa lo hace con una mezcla de conmiseración y envidia. Es alto, con un cuerpo levemente musculado por la práctica del baile, el pelo negro ensortijado le cae en cascada sobre la frente, en el rostro una belleza de Grecia antigua. 

Deambulará como un trasgo en noches de luna durante semanas, su figura forma parte del paisaje cotidiano en las inmediaciones de la Escuela Superior. 

Algunas semanas después de la confidencia en el bar, reaparece de nuevo en el local, esta vez acompañando  a una muchacha. Ella, nítida la piel en labios y cutis, es lánguida y frágil como suelen ser las mejores rubias.  Se dirige a la máquina expendedora de bebidas girando el cuerpo hacia su derecha, escorzo que el muchacho amaga con abrazar sin acertar a hacerlo, sus brazos parecen ejecutar un movimiento de danza truncado pues no ha alcanzado a aferrar la cintura de ella, sus manos aventan el aire que la rodea, como abriéndole camino en el espacio vacío. Hasta cierto punto los gestos pueden ser contenidos por la razón, la mirada, sin embargo, es delatora si ha sucumbido a un hechizo. La está queriendo con los ojos sin llegar a alcanzarla.

No se les ha vuelto a ver juntos ni en lo que restaba de aquel curso ni ya avanzado el siguiente. Tampoco nadie ha comprobado si en el patio porticado de la Escuela ha brotado, fruto del amor esquivo, un laurel.

en luengos ramos vueltos se mostraban
Apolo y Dafne (Bernini)



A Dafne ya los brazos le crecían
y en luengos ramos vueltos se mostraban;
en verdes hojas vi que se tornaban
los cabellos qu'el oro escurecían;
  de áspera corteza se cubrían 
los tiernos miembros que aun bullendo 'staban;
los blancos pies en tierra se hincaban
y en torcidas raíces se volvían.
  Aquel que fue la causa de tal daño,
a fuerza de llorar, crecer hacía 
este árbol, que con lágrimas regaba.
  ¡Oh miserable estado, oh mal tamaño,
que con llorarla crezca cada día
la causa y la razón por que lloraba!
Garcilaso

sábado, 3 de mayo de 2014

Sexo sin amistad

En los años sesenta del siglo XX dio inicio la que se ha dado en llamar la revolución sexual. Contestando las pacatas décadas precedentes, donde la licitud de la práctica sexual se circunscribía a las relaciones formalizadas por el matrimonio, una juventud enarbolaba la bandera de la sexualidad sin formalizaciones, esto es, sin matrimonio e incluso sin promesa de tal. Se alentó entonces el sexo sin amor, pretendiendo con ello derribar tabúes y ampliar los términos de la libertad individual. Medio siglo después el sexo sin amor campa a sus anchas en la sociedad narcisista, de consumo exacerbado y redes telemáticas, de los países occidentales.

Podría pensarse que tras décadas de "liberación sexual", donde la práctica del sexo no constituye un vergonzante tabú, la prostitución tendería a disminuir o incluso a desaparecer por obsolescencia. Pero los titulares periodísticos nos muestran que en países como España lo que viene sucediendo no sólo es que no tiende a desaparecer sino que incluso se dispara en flecha.

Así pues, la mercantilización del sexo mueve una industria de abultados beneficios, junto a la pornografía, la prostitución que atiende la demanda masculina y las reuniones tuper sex para mujeres, la proliferación de tiendas especializadas, la industria editorial surtidora de manuales de expertos que  determinan qué prácticas son recomendables y cuales no, etc, el dinero fluye en proporción a la deserotización del sexo.

Pero tal deserotización no alcanza únicamente a las relaciones mediatizadas por el dinero, sino que va más allá. La pregunta pertinente aquí sería ¿cómo se relacionan las mujeres y los hombres de las clases más populosas, esto es, aquellos que no pertenecen a las élites? Este artículo no pretende constituir un exhaustivo trabajo de investigación ni cotejar profusos datos estadísticos, se basa en la observación personal de quien lo escribe y, empleando una metáfora cinematográfica, pretende hacer un "barrido de cámara" somero por los lugares donde una parte de la población busca y en ocasiones encuentra practicar sexo fuera de las relaciones formalizadas.






Los locales nocturnos, bares de música estridente, discotecas de moda, constituyen una suerte de lugares de mercadeo de la carne en expositor. La escasa iluminación sólo presente en focos multicolores que describen incesantes piruetas, el atronador chunda chunda de los altavoces, unido al consumo de alcohol y otros estimulantes, convierten esos locales en escenario proclive a las impostadas vamp de la noche, a los diletantes donjuanes de guardarropía, a aquellos que sin más buscan una diversión instantánea  y, con suerte, algo de sexo.

Porque la práctica sexual, nos dicen los expertos, es algo saludable. Así, junto a la ración de fibra pertinente, el pedaleo intensivo en una bicicleta estática y el bífidus activus de los yogures, practicar  sexo, aunque no sea más que ocasionalmente, es bueno para el organismo. 

Por la pista central, como si de un circo se tratara, circula una no muy diversificada fauna, entre las que destacan recién divorciados cuarentones, ellas y ellos, con el aire extraviado de las mascotas domésticas, ahora sin collar. Para ellas un estudiado look que enmascara las incipientes arrugas, carmín y rimmel water proff, para ellos inundaciones de colonia Hugo Boss, condón en el bolsillo, su mejor pantalón.

Si hay suerte, si de entre el material en almoneda ha habido alguno o alguna que no ha sido apartado como muñecos sin pilas en una estantería de trastienda, la noche acabará en sexo apresurado, gimnástico, sexo por higiene, que ayude a engrosar de alardes el currículum de conquistas.

La soledad patológica del individuo de las sociedades opulentas de occidente da lugar a la creación de nichos de negocio que abarcan cualquier parcela de la vida, el sexo, por tanto, no escapa a la oportunidad de obtención de pingües beneficios. Así han proliferado las herederas de las ya periclitadas agencias matrimoniales, los sitios web donde se facilitan contactos y cruces de perfiles con mayor o menor afinidad, previo pago de cuota o financiación mediante publicidad. De esta forma completos desconocidos logran ponerse en contacto entre sí y establecer una cita a ciegas, que puede acabar en decepción o no según sean las expectativas creadas de antemano. Ocasionalmente  acaban en sexo. 

Las agencias de contactos on line vienen encontrando competencia en las redes sociales, donde grupos de solteros y solteras buscan, desde páginas creadas por ellos mismos, encuentros personales, programan quedadas en grupo o comparten el tedio de oír las mismas canciones, los mismos titulares noticiosos, las citas de autores anónimos con frases pretendidamente profundas que viene siendo un género muy recurrente en la red. Todo ello desde el terminal del móvil, mientras viajan en metro o autobús, aguardan cola en el supermercado o engullen un bocadillo.  

En los contactos on line hay una variedad particular, la del  emboscado, esto es, quienes fingen un perfil haciéndolo pasar por auténtico para poder así  iniciar contacto con alguien a quien les hablarán por chat durante algún tiempo bien con la finalidad de conseguir un encuentro en persona o por pasar el rato. Se sabe que el emboscado es un embaucador si no acude el día de la cita y borra todo su rastro en la red. ¿Finalidad? Fantasear con un otro, crear un personaje a quien les gustaría parecerse pero sus numerosos complejos se lo impiden, hablar de sexo para encontrar el punto de excitación que les haga más apetecible el acto solitario de una paja, casados infelices que no pueden costearse un divorcio...

No bastaba con deserotizar el sexo, esto es despojarlo de su componente amoroso, también había que despojarlo de la camaradería y complicidad de la amistad, así se ha originado un nuevo tabú que impide la práctica sexual entre amigos. Si el sexo es algo que hay que practicar por higiene, por no parecer un reprimido sino alguien resuelto y sin prejuicios,  si se le niega todo ingrediente emocional o afectivo, es como hacer de él un miembro amputado, un cadáver que flota a la deriva. Dicho tabú suele justificarse con el falaz argumento de que si se practica sexo con un amigo la relación ya nunca será igual porque o bien pasarán a ser una pareja o bien la amistad finalizará. Lo cierto es que ese tabú se sustenta en la incapacidad manifiesta para gestionar las emociones de los sujetos solitarios, narcisistas y solipsistas de la sociedad contemporánea que han perdido la capacidad para la sociabilidad, la empatía, el trato afectuoso, las maneras respetuosas para con sus semejantes.

Nuestro mundo es un mundo de objetos: aquellos que poseemos o aquellos que queremos poseer. Nuestra vida un consumo luego existo. La relación que guardamos con los objetos la hacemos extensiva al trato con las personas. Si los aparatos que adquirimos tienen fecha programada de obsolescencia, del trato con las personas podemos decir que tienen la caducidad de un medicamento que proporciona alivio sintomático sin alcanzar la sanación. Consumimos objetos, consumimos espectáculo, consumimos diversión, consumimos personas y nos vamos consumiendo nosotros mismos como el rescoldo de una llama a punto de extinción.

El hedonismo imperante nos embauca haciéndonos creer que la obtención de placer es el fin último del sexo, pero no reside ahí su verdad, lo cierto es que el placer es sólo un componente del eros. Haciendo un símil culinario: un plato no es un sólo ingrediente, lo componen varios ingredientes y una elaboración esmerada que los combina y dosifica en sus justas proporciones. Esa combinación nunca va exenta de emocionalidad, afectividad, sensibilidad afín y el etcétera con el que quiera aderezarse. Si la obtención de placer fuera el fin último del sexo no iríamos hacia un otro pues estamos dotados para procurarnos placer de forma autónoma.

Vivimos malos tiempos para la erótica o arte del eros, hemos desintegrado el sexo olvidando que es el nexo que nos hace trascender en el otro.
  
En algún remoto lugar de la memoria hay un hombre que, velado por las nieblas del tiempo, susurra a oídos de una mujer "desearía que en lugar de adentrarme parte en tí, pudiera entrarme en tí entero y que me volvieras a parir".
















 






     


 

miércoles, 23 de abril de 2014

Hombres


Dedicatoria 
A los hombres denostados, los sin poder, alienados por el trabajo, con empleos precarios, en la desesperanza del paro o en el desempeño de un autoempleo de sobreesfuerzo y subsistencia; a todos esos hombres numeorosos, anónimos, compañeros, hermanos, cómplices, vecinos, hombres cercanos, desapercibidos, a  esos hombres cotidianos.




J., inmigrante con dos hijos, acepta el trabajo de limpieza por horas que no puede atender su mujer. Es un joven risueño, rápido y concienzudo en el empleo del estropajo y el quitagrasas, ¿por diez euros la hora? no, doña, son nueve ahora, los sueldos bajaron usted sabe, dice, acabada la jornada entre productos de limpieza, sin dejar de sonreir. Por la mañana muy temprano no puede aceptar encargos sin antes haber llevado los niños al colegio, pero ya usted me llama por las tardes, para entonces los niños están ya en casa con mi esposa y yo puedo trabajar hasta la noche.


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En la puerta del conservatorio, un grupo de chavales se arremolina a la hora del mediodía. Algunos portan a modo de mochila o bandolera un instrumento de cuerda o viento. Son hombres jóvenes, recién emergidos de la adolescencia, que sueñan con convertirse en virtuosos del piano o el violín. A alguno se le oye afinar una portentosa voz de barítono en ciernes que extremece escuchar. Al poco van apareciendo por la tienda de comidas, con ese hambre furibunda de la extrema juventud, demandando hidratos en abundancia porque practican deporte o ballet. Universitarios que estudian para artistas, cuyo porvenir tal vez, como a tantos, les guarde una  errante diáspora.


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Mi madre, sabes, falleció hace poco -me dice un hombre que ronda la cuarentena- desde entonces mi padre, ya muy mayor, anda como desorientado y no parece asumirlo. He venido a informarme para traerle aquí a que compre comida y deje de estar en los bares.

Quien así hablaba pocos días después volvía acompañado por un septuagenario a quien se dirigía con desmañada ternura: papá, mira, esto es comida casera, hay muchas cosas, qué te gusta. El padre parece no participar del mundo que le rodea y quien a él se dirige me demanda auxilio con la mirada. Finalmente se produce entre ellos un pueril forcejeo por ver quién paga la cuenta, como si el uno quisiera agradecer sobre el otro el favor de la atención prestada. 

Es frecuente contemplar escenas de ternura entre un joven padre y su hijo en edad infantil, sin embargo las ocasiones de atención afectuosa de un hombre adulto con su padre anciano resulta un hecho menos habitual, quién sabe si por ese pudor tan acendradamente masculino de exhibir sentimientos que delaten vulnerabilidad.


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Desde la marquesina de la parada del autobús, el hombre objeto de la publicidad, anuncia ropa interior con el gesto ausente de los viejos maniquíes de escaparate de almacén en saldos. El cuerpo exhibe el trabajo de gimnasio y la dieta rigurosa, el rostro una perfección plástica de cirugía o fotoshop. Es una belleza triste, hueca, sin alma,  como de ojos de vidrio, es la belleza inane de un autómata. También a los hombres les ha alcanzado la voracidad depredadora de las industrias de la estética y la moda. Si un día, principiando el siglo veinte, en una operación publicitaria sin precedentes, a las mujeres se las persuadió de que fumar cigarrillos era sinónimo de libertad y emancipación, a los hombres hoy se les persuade de que deben depilar sus cuerpos, adquirir complementos, ropa u objetos que les borren los signos visibles de la masculinidad.  


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El cabello completamente cano no dulcifica el rostro impenetrable de quien, con voz rota, apenas es capaz de elegir, de entre una variedad de comidas en exposición, lo que comerá hoy. Finalmente señala una bandeja como al azar y cuando le inquiero si es esa la comida que debo servirle asiente con gesto desganado, se diría que asentiría igual si lo que le ofreciera fuera cicuta. La comida es sólo un trámite, uno más de los que han jalonado los días pasados, transcurridos entre pésames, hospital, ambulancia. No es difícil advertir el dolor de una pérdida irreparable en el rostro de quien la sufre, me pregunto a quién habrá perdido para siempre este hombre entrado en la cincuentena. 

En días sucesivos no será complicado deducir que se ha quedado solo: compra la ración justa para una persona, no se detiene en elegir qué puede resultarle más grato al paladar, agradece que le evite el dilema de tener que decidir y asiente apresuradamente cuando le ofrezco una sugerencia, como queriendo liquidar un enojoso asunto. En la rigidez del rictus se le dibuja el dolor sin paliativos. 

Al cabo de los días, las semanas, más bien,  irá esbozando un amago de sonrisa cortés que invariablemente deviene en mueca.

Son muchos los meses que han hecho falta para que la sonrisa de forzada cortesía ceda a la de agradecimiento por la resolución de ese inconveniente doméstico de tener que preparar comida para sí, como si no fuera bastante inconveniente, doloroso, muy doloroso, tener que comerla solo.


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Cada pocos días R. aparece tras el mostrador que oculta casi por entero su esmirriada figura, es joven, delgado, de muy corta estatura, con unos rasgos faciales casi infantiles, la voz muy queda de quien teme incordiar. Me llama por mi nombre, mientras me saluda voy a buscarle comida, ya no tenemos que entrar en detalles, el primer día, con gran pudor, la voz titubeante y dando grandes rodeos, vino a pedirme la comida sobrante, porque R. vive en la calle. 

Son muchas las familias que están quedándose sin hogar como consecuencia de la crisis económica, pero entre la población sin techo es considerablemente superior el número de hombres sin casa al de mujeres. A R. el transcurso del tiempo lo ha hecho más desconfiado, se le ha afilado el rostro, cierra los puños dentro de los bolsillos, se le está afinando el gesto de alerta como a un pequeño roedor.  En la última ocasión que le he visto exhibía heridas en la frente producto de una reyerta nocturna con unos tipos que le disputaban el sitio en los soportales donde pernocta junto a otros compañeros. 



 









jueves, 17 de abril de 2014

Veinte grafittis delebles y otros muros que hablan

Las paredes de las grandes ciudades sirvieron en décadas pretéritas de soporte a las protestas populares. Desde ellas se clamaba por la libertad, contra la injustica social, por la amnistía de presos de conciencia. Pero estas pintadas vindicantes, un día, imposible de precisar porque la memoria es esquiva, desaparecieron y desde aquel incierto momento en su lugar surgieron garabatos improvisados con spray que nada dicen y que nada pretenden decir, cuyo único fin, si alguno tuviera, es proporcionar tarea al estropajo y los disolventes que con denuedo emplean los asalariados de la limpieza. 




Ahora en las paredes de la ciudad nadie escribe frases legibles a mano alzada, tal vez por el exceso de rótulos profesionales que saturan la fatigada atención de los viandantes.

Sin embargo, las nuevas tecnologías de la información nos han proporcionado a los cada vez más numerosos usuarios de ellas, un muro particular en internet desde donde proclamar lo que se nos ocurra o desde donde rebotar una y mil veces las consignas de otros. Hecho éste último más frecuente que el de improvisar frases que no sean las triviales novedades domésticas de las que queremos ser protagonistas por partida doble una en la realidad "real" (admítase el pleonasmo) y otra en la realidad virtual. Siendo la virtual la que día a día conquista más terreno a la realidad sin adjetivos. 

Pero la virtualidad es delicuescente, una vez dicha una frase, una ocurrencia, es remplazada rápidamente por otra nueva en un incesante estallido de pompas de jabón. 

Los veinte (o los que sean) grafittis que he escrito hoy en mi muro quedarán en el purgatorio virtual, tampoco es cuestión de emplearse con la brocha sobre las paredes de los edificios y si bien no necesitarán aguarrás para pasar al olvido, tampoco añadirán trabajo de limpieza.

Pocas cosas hay hoy más subversivas que el pensamiento, pensar zafándose de las garras de la propaganda, por uno mismo, requiere voluntad, disciplina, constancia, se diría que de un esfuerzo sobrehumano, aunque nada nos hace más netamente humanos que pensar, aunque lo hayamos olvidado.(Hace 9 horas)
Amo la política y aborrezco a los políticos. No olvido que ni me representan los que ahora son ni me representarán los que mañana sean. Una ética como autoconstrucción del yo y una política como autoconstrucción del nosotros.(Hace 8 horas)
Quien dijo "ama y haz lo que quieras" fusionó en una escueta frase dos grandes atributos tan netamente humanos como el pensar, esto es la construcción del amor y de la libertad. El amor por la libertad y la libertad que se expresa en actos de amor. Pensar. Amar. Ser libres. Luchar, siempre luchar.(Hace 7 horas)
Pensar ¿pero quién piensa? Amar ¿pero quién ama? La libertad ¿pero quién de verdad la anhela? Luchar por la libertad supone la abolición de las tutelas. Amar requiere la supresión del interés particular. Pensar implica desbaratar el discurso dominante. Y no soy nada original en mis propuestas, se me puede tachar de anacrónica, al fin y al cabo sólo estoy desenterrando la voz de los ancestros. ¿Pero es que acaso alguien recuerda cuando éramos humanos?(Hace 6 horas)
He dicho que nadie escribe ya frases legibles en las paredes de la ciudad y  he sido parcialmente veraz, hay muros que hablan, muros de sólido ladrillo y no pantallas desde los que se proclama un anónimo amor o desde los que se alude al contingente lector, fechas de ignoto significado, nombres propios, jeroglíficos inextricables. Hace pocos días amaneció bajo mi ventana  una recomendación:






Cabe deducir del diminutivo un especial cariño hacia la aludida, tal vez persona de corta edad.  

Las palabras manuscritas son un gesto de afirmación, escribirlas sobre el cemento un acto de resistencia. Son tangibles la pintura, la recia pared donde adquieren un lugar entre lo cotidiano del mundo. Aspiran a la permanencia y suponen una, aunque tibia, no desdeñable rebelión contra las veleidades virtuales. Se podría decir  que persiguen una modesta transcendencia, abriendo un paréntesis entre el barullo de eso que en jerga tecnológica se denominan flujos de información y que en puridad no es más que el hostigamiento permanente de la libre conciencia.

Me pregunto si Albita necesita del consejo amigo para vivir la vida porque enredada en la virtualidad ya no sabe distinguir qué es qué o si la nueva adicción de los adolescentes por los juegos de ordenador la ha alcanzado de lleno. En cualquier caso alguien que bien la quiere le ha dejado una nota grafiada y visible, tal vez en mitad del transitado recorrido al colegio.

Todo pasa y nada queda en el galimatías de las redes virtuales, que no sociales, pues pocas cosas hay menos sociabilizantes que sentarse a solas durante horas frente a un teclado de ordenador a esquivar una vida por vivir. 

No se atisba una rebelión de paredes pintadas ya sea con antiguas consignas o con frases que superen la concisión de una oración simple. Hemos perdido, entre otras,  la costumbre de la caligrafía, y navegamos, seres errantes, por un ciberespacio enajenado esperando la hora de perecer ahogados en la viscosidad líquida de Bauman. 








lunes, 6 de enero de 2014

Pasajeros en el autobús

Los autobuses urbanos suelen ser una escuela de aprendizaje, si agudizamos los oídos podemos escuchar fragmentos de cotidianeidad que conforman un colage de la vida en las ciudades. Lo mismo  nos valen para detectar el estado de opinión surgido en torno a la última noticia de alcance que para escuchar la penúltima banalidad del día. Ocasionalmente, nos pueden proporcionar una anécdota de interés, algo que rompe la común rutina o, muy  extraordinariamente, pueden mostrarnos gestos de solidaridad inesperada. 

Hace unos días, cuando volvía más tarde de lo habitual del trabajo y el cansancio acumulado me hacía codiciar un asiento vacío en el repleto autobús, se produjo uno de esos gestos tan inesperados por escasos. Un hombre de mediana edad me cedió su asiento. Como no obedezco a ningún perfil de usuario que deba ser tenido en especial consideración (como se encargan de recordarnos las pegatinas indicativas que reservan asientos a minusválidos, embarazadas, ancianos o lisiados)  y como el asiento cedido no pertenecía a los destinados a tal cuestión, me causó desprevenida sorpresa. 

Quise agradecer la cortesía con una sonrisa pero pronto, como desentendiéndose de su gesto de amabilidad, el hombre se alejó unos pasos sin esperar respuesta alguna. No sé si se trataba de un buen samaritano que no quería que su mano derecha supiera lo que hacía la izquierda al tener un acto de conmiseración con un semejante o, por el contrario, temía que pudiera haber cedido el asiento a una feminista furibunda, que le pudiera montar un pollo en público por hacer gala de una caballerosidad trasnochada. 

El asiento me reconfortó un instante y también pensar que, sencillamente, había detectado el cansancio en mi cara y determinado que lo necesitaba más que él. Sería por tanto una persona de agudizada empatía, de esas que no abundan ni en los autobuses urbanos ni en casi ningún otro lugar. Porque para detectar ya sea el cansancio, la tristeza, la preocupación o cualquier otro gesto en la cara de otra persona tenemos que, inexcusablemente, mirarla. Pero mirarnos a la cara los unos a los otros viene siendo un hecho bastante excepcional. Para evitarlo siempre tenemos a mano alguna pantalla: el smartphone, el ebook, el mp4; o bien objetos más tradicionales: la prensa gratuita,  el libro de papel o, incluso, en casos de necesidad extrema, nos puede socorrer un catálogo comercial. El caso es parapetarnos, evitar mirar al otro. ¿Pero por qué no nos miramos? ¿Tememos detectar que haya alguien más cansado que pueda necesitar el asiento?

La mirada es el primer acto de reconocimiento sobre el otro.  Me mira, luego existo, le miro, luego no es un bulto sospechoso. No les miro, luego desaparecen. Cada día en las horas punta, desaparecen millones de individuos en las ciudades del mundo. Sin embargo ninguna pantalla o papel recoge el titular. Es una catástrofe que pasa desapercibida como la lenta erosión de un paisaje.

Alzar los ojos de la pantalla, despegarlos del papel, de la ventana, mirar despacio alrededor, advertir que hay gente, alguna persona, esa mujer que parece cansada...¿Y si al mirarnos nos damos la posibilidad de existir?

jueves, 2 de enero de 2014

Revisionando Solas, de Benito Zambrano



Llegué tarde, sobre las diez, y como tantas veces hago, pulsé por inercia el interruptor del televisor  para espantar con un gesto las horas deshabitadas de la casa. En la pantalla imágenes reconocibles:  la película Solas desarrollaba su trama de vidas minúsculas enfrentadas a la dura realidad cotidiana. Ya llevaba unos minutos de metraje y me propuse no verla por enésima vez, pero me fue atrapando como en tantas ocasiones anteriores. 

La película se desarrolla en una ciudad reconocida por mí, la mía, aunque bien podría situarse en cualquier gran ciudad. En 1998 tuve ocasión de leer el guión al completo y la lectura me emocionó hasta la lágrima. Asistí  a algunas jornadas del rodaje y al estreno que se hizo después para el equipo participante. El montaje se dejó en el tintero algunos fragmentos de guión, pero el resultado no cercenaba ni un ápice la verdad que transpira la obra, de modesto presupuesto pero sincero arte. Pues arte es aquello que nos conmueve en lo más hondo. Y esta película logra hacerlo. Porque nos habla sin alzar la voz de cuanto en la vida humana es crucial.   Que el habitante de la gran ciudad vive de espalda a quienes le rodean, ajeno a la vida de los otros, anegándose con ello en la propia vida en soledad. 




María es una trabajadora precaria que ha de buscarse el jornal diario limpiando. Apenas si se relaciona con el dueño del bar del barrio a quien trata como clienta. Recibe en su casa, por unos días, la visita de su madre que ha llegado del pueblo con el padre, ingresado de gravedad en un hospital. 

Apenas llega la madre descubre la sordidez que rodea la vida de la hija, alojada en una casa cuyas ventanas están cegadas por un muro de ladrillos. Pero el aire nuevo entrará en aquella casa cuando, día tras día, con pequeños gestos: unas macetas que aportan colorido, un jersey tejido con primor, un sopicaldo que entona el estómago; la madre va proporcionándole lo que está acostumbrada a dar a cuantos la rodean, cuidados y atención. La joven mantiene una relación esporádica con un hombre de quien ha quedado embarazada, con 35 años piensa que es una oportunidad de ser madre que tal vez no se repita en su vida. Pero el hombre no quiere ser el padre de su hijo, lo más que consiente es en aportar dinero para que aborte, ni siquiera se ofrece a acompañarla, le repite que nunca le prometió nada, más que sexo sin compromisos. Esta situación es una vuelta de tuerca más en una existencia ya de por sí amarga.

Sin valor para afrontar sus problemas, empapa su miedo y soledad en alcohol o apuesta a la suerte con un cupón que nunca le favorece. 

María no es la única que vive sola en la ciudad, muy cerca de ella un jubilado tiene por toda compañía un perro, son vecinos y ni se conocen. Es la madre la que entabla relación de vecindad con él y le asiste cuando se ve necesitado de ayuda. Algo que agrada y azora al hombre de edad, quien repite que no quiere dar molestias. “Pero qué molestias -contesta ella- los vecinos estamos para ayudarnos”.  Rosa, mujer rural que ni siquiera sabe leer, es dueña del gran secreto, de la verdad que hemos olvidado, que los vecinos estamos para ayudarnos.  

Nos enseña también que el médico de la seguridad social no es sólo un profesional de bata blanca sino el padre reciente de una niña a quien le va a venir muy bien que le teja un jersey rosa. La profunda humanidad de esta mujer va cambiando la vida de cuantos  tratan con ella y al marcharse, una vez dado de alta el marido de la enfermedad, dejará detrás una huella indeleble. Por lo pronto la hija y el vecino ya se han dado a conocer gracias a su intermediación y a partir de ahí se tratarán y ayudarán como vecinos que son. Se escucharán mutuamente y, con el tiempo, irá naciendo un genuino afecto entre los dos. 

El final, lejos de ser un final “feliz” tipo Hollywood, es un final realista y esperanzador al mismo tiempo. María será capaz de afrontar con valentía su vida, ya no se siente sola, tiene un padre adoptivo en su vecino, y un abuelo para su hija, la que se ha decidido a parir sin pareja. Rosa ya los ha dejado a los dos, porque culminó serenamente sus días en una tarde que contemplaba plácidamente en el campo una puesta de sol. Pero nunca los dejará del todo porque sembró en ellos esas verdades tan arcaicas que necesitamos hoy que nos recuerden a todos, allá a donde vayas prodiga respeto, cariño y cuidado desinteresados, ese es el secreto de la vida humana que Rosa conocía sin necesidad de haberlo leído nunca en un libro. 
"Los vecinos estamos para ayudarnos"



miércoles, 1 de enero de 2014

Principio y comienzo

Comienza el año y con él arranca este blog, todo proyecto que nace viene cargado de futuro, de esperanzas. En esta bitácora no encontraréis eruditas reflexiones sino tan sólo miradas oblicuas sobre el cotidiano devenir del habitante de ciudad, un habitante cada día más deshabitado -de otros, o por otros- y más deshabituado, más desacostumbrado a las buenas costumbres del vivir y el convivir. Debe ser porque su hábitat se ha hecho inhábil, impropio, desmadejado. Debe ser porque los cristales le asaltan, le cercan, le reducen, le confinan. Hay una sociedad de las pantallas que asocian en mosaico cristales entintados, ahumados, llenos de viciado vaho, que no deja ver más allá. Pero hay un más allá que se presume, algo como rastros de memoria, jirones de papel, el deshilado de un tejido rasgado apenas. Las teselas de ese mosaico, coloreadas e incesantes, crean una realidad virtual alejada de las virtudes, una realidad que podría ser pero que no tiene la potencia de ser, una realidad aparente, sin verdad. La verdad está velada por los cristales y es un sueño hacerlos añicos, resquebrajarlos al menos se propone el trabajo que hoy arranca en esta página.