La libertad no consiste en abrazar la doctrina adecuada sino en desasirse de todas ellas

domingo, 13 de agosto de 2017

LA LIBERTAD DE LAS MUJERES



El tiempo de los corsés caducaron, se nos dice, pero hay hormas dispuestas por todas partes como trampas al acecho. El mercado de consumo impone las suyas a través de la publicidad, las leyes que dicta el Estado nos condicionan las vidas, el uno y el otro, juntos y aliados, nos amordazan con su implacable  camisa de fuerza. No somos libres ni en el reducido ámbito de lo personal, pues hasta en la intimidad se nos dicta lo que tenemos que hacer, y hasta qué es lo que tenemos que pensar.


Se nos vendió como libertad que produjéramos para el Capital, se nos vendió como emancipación que el Estado se encargara de nuestros hijos, de nuestros padres y abuelos, porque, así, finalmente, alcanzaríamos la igualdad con los hombres.


Y ese día histórico llegó: alcanzamos ser explotadas como mano de obra para la producción. Como ellos, nuestros compañeros, nos sometimos a un salario, a un trabajo duro y alienante, a jornadas extenuantes, sin tiempo para la convivencia, sin ánimo para los afectos, sin aliento para los cuidados. Y nosotras, desde entonces, ya no somos las mismas. Nuestras familias se quebraron, nuestros hogares se anegaron de incomprensiones mutuas. No encontrábamos explicación a tamaña infelicidad, si el trabajo asalariado nos iba a hacer libres e iguales por qué no nos sentíamos bien, por qué el paraíso estaba  siempre en otra  parte.








El Mercado, nuestro patrón, propuso sus «soluciones», después de la dura jornada laboral –de la que no nos eximieron– nos ofrecía el tentador escaparate del consumo: máquinas para el hogar, maquillaje para disimular las ojeras, ropas para disfrazarnos de burguesas, comprimidos y grajeas para el dolor existencial. Así como una variada gama de artefactos y simulacros de una dicha impostada también para los nuestros. El lujo y la alta velocidad de los coches que se compraban a plazos, la falacia de la casa en propiedad, que no era sino endeudamiento. Pero atrapadas, junto a los nuestros,  en esa rueda, no había marcha atrás.



El Estado también aportó sus imprescindibles  «soluciones», porque sin él la rueda de la producción no estaría debidamente engrasada. Nos contó que no éramos sino unas ingenuas y que necesitábamos de su guía y protección. Nos dijo que los responsables de nuestras desdichas eran nuestros maridos y compañeros, porque desde siempre habían sido brutos y mezquinos y que haríamos bien en darles unas lecciones, que él, el Estado, nos ayudaría a ponerlos en su lugar. Así fué como, con la colaboración de muchas mujeres,  bastantes de ellas emparentadas con el patrón, nos convencieron de que debíamos enfrentarnos a esos tiranos que compartían nuestro lecho, nuestros desvelos y nuestro cansancio. Si eran los padres de nuestros hijos no importaba, las necesarias e imprescindibles éramos nosotras, porque éramos más listas y por eso ellos nos tenían ojeriza desde siempre, lo que pasa que nosotras no nos habíamos dado cuenta, pero ahora que ya estábamos debidamente informadas debíamos estar alertas para que ellos se comportaran como tenían que comportarse. También nos dijeron cómo era el comportamiento que ellos tenían que tener, y que si no lo cumplían nos ayudarían a encauzarlos.



Promulgaron leyes, nos sobornaron con prebendas, comprábamos aún más pero el caso es que nuestros hogares estaban cada vez  más deshechos. Después de la jornada laboral había poco tiempo, y ese escaso tiempo era empleado en dirimir conflictos.



Los hijos eran una sobrecarga, nos dijeron, (la maquinaria de la producción no podía parar), se cerraron guarderías y se abrieron centros de planificación familiar, donde podías conseguir anticonceptivos o abortar.  Al patrón no le gustaban los embarazos y por conservar nuestro puesto laboral debíamos convencernos de que lo prioritario era obtener un sueldo con que sufragar las deudas. Así que nos convencieron para que  tuviéramos tan sólo uno o no los tuviéramos en absoluto.



De ese modo los niños, nuestros hijos (con frecuencia hijo único) se convirtieron en algo parecido a un objeto de lujo que los adultos podíamos emplear para justificaciones variadas. A menudo eran testigos de las disputas entre sus padres, tan empeñados que andábamos en nuestras querellas y rencillas. En caso de divorcio, desenlace frecuente, solían quedar con nosotras, porque una madre es siempre imprescindible, no así el padre, que como parte integrante de un género siempre sospechoso de causar agravios ancestrales, había que tratar con recelos.



En los últimos años todo no ha hecho sino empeorar. Las brechas se han agrandado y aunque aún nos siguen ofertando «soluciones» y prebendas, las explicaciones que nos ofrecen son cada vez más rebuscadas, quizá porque se las inventan, o tal vez porque siempre se las inventaron.



La desdicha no sólo no se ha atenuado sino que aumenta y está alcanzando un grado tal de enrarecimiento que la violencia, soterrada o explícita, cada vez es menos excepcional y más discrecional. Lo que viene a justificar el aumento de leyes y de policía.



Así que algunas de nosotras, muy pocas, (porque tantas aún siguen convencidas de que el Estado y el Mercado las protegen y las quieren), estamos sin saber qué hacer pero conscientes de que lo hecho no es un camino que lleve a buen puerto. Desconfiamos de todos los discursos, porque creerlos nos ha llevado hasta aquí.  Los discursos nos han sido inculcados. Estamos siendo tuteladas.  Algunas leyes nos favorecen pero  en detrimento de los no favorecidos, y esos desfavorecidos no sólo son nuestros ex maridos y padres de nuestros hijos sino que son nuestros hermanos, compañeros, amigos, hijos o nietos, y no queremos unos favores que a ellos les generan menoscabo. Ni el Estado ni el Mercado saben qué es el  afecto pero ni nosotras ni nuestros hombres podemos vivir sin él.



Ha llegado el momento de buscar la libertad, despojarnos de las tutelas envenenadas, los discursos inventados para el engaño, inculcados con engaño. Ha llegado el momento de rechazar los sobornos, no necesitamos de la protección de los poderosos, esa protección es dominación, nos empuja a enfrentarnos con los nuestros, a los que un día quisimos y nos quisieron, a los que queremos querer y que nos quieran.



Esa libertad nuestra, de las mujeres, por nosotras y desde nosotras, sin intermediaciones ni portavocías, nos la ganaremos a pulso, porque somos seres humanos completos, porque estamos hechas para el amor, porque sabemos pensar, porque sabemos esforzarnos, porque sabemos construir mundos con nuestras manos y sabemos traer vida a este mundo.



Esa misma libertad, ni más ni menos, es la que ellos, nuestros hombres, también ganarán, porque también ellos son seres humanos completos, por que también ellos crean este mundo con sus manos, porque sin ellos no traeríamos vida a este mundo.



Tendremos, hombres y mujeres, la dicha de crecer en lo humano, llegará el día que juntos, tan juntos y tan revueltos como marca nuestra especie, alcancemos la alegría de reencontrarnos para no volvernos a perder.  










 






MUJERES QUE AMAN A LOS HOMBRES



Mujeres como nosotras, sin jefaturas, ni ministerios, sin secretarías ni cátedras (aunque desde ellos usurpen nuestro nombre para ejercer el poder, la coerción, la censura) nos declaramos en abierta rebeldía. ¿Quién les dijo que podían hablar en nuestro nombre?



Tenemos voz  propia y decidimos no alimentar trincheras en esa guerra de sexos que no es nuestra guerra ¿Quién la declaró? ¿Quién señaló a nuestros maridos, a nuestros hermanos,  a nuestros hijos, como enemigos a abatir? No fuimos nosotras, no. Esa guerra no es nuestra, ni lo será, no lograrán que lo sea por más argucias que empleen.



Los despachos del poder están nutridos de seres hueros, de almas negras, con sus repletas agendas  de planificadas destrucciones, ellos sí, declaran las guerras. Hay mujeres que no aman, es una triste realidad, no se aman a sí mismas y no pueden amar tampoco, se convierten de ese modo en cómplices, en cooperantes necesarias. A quienes están imposibilitados para el amor no los mueve el odio, como dicen,  sino el deseo de dominación.



Pero no los doblegarán, ni a ellos, nuestros hombres, ni a nosotras. Nos declaramos en abierta insumisión frente a la maquinaria arrolladora del reclutamiento. No conseguirán que pongamos  balas donde ayer se posaron nuestros besos. Donde aún hoy deseamos con ternura, con ardor, que esos besos abran un camino en el fuego cruzado.







No parimos hijos varones para ser objeto de escarnio ni somos mujeres guiadas por el resentimiento, nos mueve la dignidad en nuestras vidas, no necesitamos pases de favor en ninguna carrera, nos valemos por nosotras mismas. ¡Cómanse las tutelas! Las leyes «de paridad», las listas «cremallera», las desiguales condenas ante unos mismos delitos, los subsidios por denuncias, la prevalencia de palabra para mujer y la obligatoria demostración de inocencia para hombre. ¡Cómanselas todas juntas! ¡No las queremos! ¡Nunca las pedimos!


Mujeres como nosotras no necesitamos tutelas, somos adultas, somos autónomas, confiamos en nosotras mismas, no necesitamos arrebatarles la luz a nadie para brillar. Miserables sois quienes trepáis al poder sembrando cadáveres. ¡Maldecimos vuestra espesa sombra que no brilla con mil soles de inocentes! Algún día caerán sobre vuestras cabezas descoronadas las injusticias que habéis perpetrado.



Ese día llegará traído por nuestras dignas manos encallecidas por el trabajo, en un lecho de frescos lienzos gozaremos con nuestros hombres y en ellos pariremos hijos e hijas libres e iguales.


















NUESTROS HOMBRES



Ellos, como nosotras, las mujeres que los amamos, tampoco tienen poder, tienen, como nosotras, sus brazos y su inteligencia. Cada uno es un ser único, como cada una de nosotras somos seres únicos. Eso sí, tenemos mucho en común, somos seres humanos abriéndonos paso en la vida por nuestros propios medios, no somos privilegiados, porque no tenemos poder, el poder nos viene dado desde afuera y siempre antepone obstáculos a nuestras vidas.



Los amamos, ya lo hemos dicho, también ellos nos aman, forman parte de nuestras familias, son nuestros amigos, los cercanos, aunque sabemos que más allá de nuestro horizonte de convivencia hay muchos humanos como nosotros.



Nuestras vidas no están exentas de conflictos: los que nos vienen impuestos desde el poder y también los cotidianos. Tratamos de afrontarlos, con diferentes resultados: a veces resolvemos, otras nos encallamos.



Las relaciones eróticas entre nosotras y nuestros hombres nunca han sido un remanso de paz, si bien tanto mujeres como hombres somos seres humanos completos, el impulso libidinal  y las diferencias que la biología marca entre nosotros propician que nos necesitemos mutuamente y al mismo tiempo no siempre seamos capaces de comprendernos. Esto es así desde siempre. Ocurre que hay circunstancias que agravan esa incomprensión. Si éstas provienen de la cotidianeidad (las que siempre han existido) las hemos afrontado desde ese ámbito cotidiano. Pero a veces las que nos vienen impuestas desde el poder establecido nos interfieren sobremanera.



Estamos en un momento de especial interferencia del poder establecido en nuestras vidas cotidianas. Las leyes nunca son inocuas, hubo un tiempo en que se legisló  supetiditando la mujer al varón (padre o marido) ahora sin embargo se legisla favoreciendo a la mujer. Ni nosotras ni nuestros hombres hicimos aquellas leyes ni tampoco hacemos éstas. Nos las imponen. Muchos son los métodos que el poder emplea, la coerción es el más visible, pero es utilizada en última instancia, antes es utilizado el método de la propaganda, el que se basa en imponer un pensamiento dirigido que favorezca los intereses de quienes hacen las leyes. La propaganda es tan omnipresente que nos confunde al punto de no saber qué pensamos realmente.



Nosotras y nuestros hombres hemos optado por no dejarnos influenciar  por los que no conviven con nosotros, tenemos razones fundadas para sospechar que no desean nuestro bien sino que intentan servirse de nosotros para satisfacer sus intereses espurios.



El poder que nos domina tiene la propaganda y la coerción, nosotras y nuestros hombres tenemos algo, sin embargo, que el sistema de dominación nunca tendrá: el amor. Quiere desbaratarlo pero no lo vamos a consentir.



El amor es amor a los nuestros en diferentes formas. El amor erótico es un amor crucial porque de él depende la descendencia. Los vínculos que se establecen en una relación erótica son muy poderosos, intervienen múltiples factores, biológicos, sentimentales, espirituales, de lo que resulta una unión sólida. Nos da fuerzas para vivir, para enfrentar adversidades. Si, además, se ve reforzado por la descendencia, el núcleo de confianza y mutualidad se amplía.






Desconfiamos de la propaganda, sabemos quiénes son sus dueños. Por eso optamos por escucharnos entre nosotros, para entendernos enmedio de esta guerra que nos han declarado.



Nosotras escuchamos con atención lo que nuestros hombres tengan que decir porque es más crucial que nunca que haya compresión entre nosotros. Ellos se sienten heridos, la propaganda dice cosas terribles como que son violadores y maltratadores y hay quienes la creen, muchos y muchas la creen. Nosotras sabemos que mienten, que sacan de quicio lo excepcional y lo hacen pasar por habitual. A nuestros hombres no los definen los casos excepcionales sino lo que sabemos que son. Hombres que aman, que desean, que quieren a sus hijos, nuestros hijos. Que siempre se afanaron por dar a los suyos lo mejor, que para ello se esforzaron y hasta se sacrificaron, igual que nosotras.



Sabemos que aman porque nos hemos sentido amadas por ellos, hemos sido testigo y también cómplices con ellos en procurar lo mejor para nuestros hijos. Así que no creemos los cuentos que nos repiten día y noche sin cesar. Porque lo que dicen desde esos púlpitos del poder, sobornados por el poder, son falacias cargadas de veneno con las que nos quieren destruir a ellos y a nosotras, porque si a ellos los atacan nosotras nos sentimos atacadas.



Los acusan falsamente de maltratadores para que les tengamos miedo, nos dan sus leyes tramposas para que los denunciemos,  es una guerra que nos han declarado. Nosotras no nos alistamos en esa guerra, no es nuestra guerra, lo nuestro fue y seguirá siendo el amor.



Los acusan de violadores y llegan al extremo de decir que toda penetración es una violación. Con este axioma pretenden que todos sin excepción entren en el rango de la acusación. Nosotras sabemos que la excepción es la violación y que toda penetración de los hombres que amamos es un goce y es un regocijo y que además nos une a ellos en lo  íntimo y lo trascendental.





Esta guerra que nos han declarado, la ganaremos con amor en el más amplio sentido del término, el amor empieza por la escucha del otro, por eso escuchamos a nuestros hombres y apagamos la propaganda. La ganaremos también contraviniendo a la propaganda: si nos quieren alejar de nuestros hombres nos acercaremos a ellos. Si nos quieren restringir o anular la libinidad liberaremos el Eros, así, anudados en el lecho, desatados en el placer, nuestro grito de goce será un grito que convoque la libertad.  






sábado, 13 de junio de 2015

Trabajar por dinero


Es difícil razonar, en medio de tanta consigna en pro del aumento de empleos en un país con un índice tan elevado de paro entre la población activa, acerca de qué supone el salariado para aquellos que no tienen ningún otro medio de subsistencia que el que le proporciona la venta de su fuerza de trabajo. Lo primero es hacer mención a que, precisamente, vender la fuerza de trabajo es obligatoriedad en un mundo hipermercantilizado para poder subsistir, esta obligatoriedad supone de partida una pérdida de libertad, lo que constituye por sí misma causa principal de repudio del salariado. 

La pérdida de libertad no termina ahí, sin embargo, sino que ahí comienza, pues la jornada, esto es el número de horas, de días, de meses, etc, que el trabajador/a dedicará a ello está determinado por quienes contratan, así como la remuneración que se fija, los periodos de descansos, etc.  Y, siempre siguiendo la consigna de quien paga manda, a qué realización de tareas será destinado el trabajador contratado, sobre cómo se distribuyen las tareas y el modo de efectuarlas, es prerrogativa del empleador.  

Así, pues, tenemos que el hecho de tener que optar por un empleo remunerado para obtener a cambio dinero imprescindible para la supervivencia arrastra toda una secuencia de actos en los que la libertad, la capacidad para tomar decisiones, es del todo anulada. Más anulado aún, más tedioso, y por tanto más embrutecedor, es el hecho del desempeño de tareas rutinarias, maquinales o robotizadas.



Las largas jornadas, además, sustraen tiempo para las otras necesidades básicas humanas, pues las que el salario remedia son sólo las necesidades básicas primordiales, materiales: alimentación, vestido, vivienda... ¿Pero qué hay de las otras necesidades básicas? relacionarnos entre nosotros: familia, amigos, en relaciones horizontales de convivencialidad genuina, y no en un mero "estar amontonados" como en los transportes públicos o los centros comerciales. ¿Qué hay de la vida del espíritu? ¿Acabada una larga jornada tenemos aliento para plantearnos hacer algo artístico, nos ocuparemos, quizá, en la meditación de un tema filosófico, nos embarcaremos en una lectura de tema científico, nos desempeñaremos en una partitura musical, nos vamos, acaso,  a dar un largo paseo por el campo o, derrumbándonos en el sofá, optaremos por la evasión más fácil, la de encender el televisor, donde, por cierto, encontraremos nuevas necesidades materiales y "emocionales" para abastecer y que supondrán la necesidad de un aumento de trabajo remunerado?

Que el trabajo remunerado hoy sea indispensable para la subsistencia ni lo hace benéfico ni lo hace deseable para quienes se ven en la obligación de desempeñarlo, otrosí para quienes emplean, para quienes están al timón del sistema, para quienes deciden cómo hemos de desempeñar nuestras vidas quienes no hemos nacido con el sello de clase o de fortuna, es decir, la inmensa mayoría -que somos dirigidos, esto es dominados- por la escueta minoría.

Se podrá oponer la objeción básica y principal, si no trabajamos los trabajadores, qué sería de "todo", cómo funcionaría el sistema, no se produciría, ni se abastecerían los mercados, el mundo ya no sería el mundo que conocemos. Y aquí viene la gran pregunta ¿queremos que el mundo siga siendo el que es? ¿Podrá seguir siéndolo por mucho tiempo? La crisis ecológica viene marcando el paso cada vez más estrecho a un futuro poco halagüeño, pero con ser primordial la recuperación de los ecosistemas en el planeta, y por sí mismo razón suficiente para detener la hiperproducción y el expolio de recursos naturales, hablábamos de no trabajar más por dinero y no nos queremos desviar del tema, dejamos apuntado el colapso ecológico y volveremos luego sobre él.

Bien, la abolición del salariado, de la esclavitud de hoy que perdura ya varios siglos, tiene que hacerse por que en sí misma es una aberración y que nos hayamos acostumbrado a ella no la hace benigna, es como si todos nos hubiéramos acostumbrado a hacer el amor por dinero y ya no existiera el amor por sí mismo, por don y deseo de entrega (adviértase la antonimia entre amor y dinero). Se nos dirá que entonces, si nadie trabaja, cómo serán satisfechas las necesidades básicas de la población. Es obvio que realizar tareas y trabajos para la subsistencia material será en todo caso una necesidad por ello hay que sustituir el salariado por un sistema cualitativamente diferente, donde no haya explotadores ni explotados, sino trabajadores libremente asociados que no persigan un salario sino el bien de la comunidad. Esto exige, obviamente, un cambio de mentalidad, que porcurar la prosperidad material deje de estar “bien visto” y pase a ser un asunto vergonzoso, que trabajar por dinero sea tan antonímico como amar por dinero. Ello, es verdad, exigiría la supresión del capitalismo, no sólo el desmantelamiento de la industria y el casino de las finanzas sino de ese capitalismo tan poderosamente adherido a nuestras mentes que nos hace no desear otra cosa que extinguirnos en el hiperconsumo y la hiperexplotación -sea ésta de recursos o de personas-, por esa tarea primordial hay que comenzar, por cambiarnos a nosotros mismos, por autoconstruirnos una nueva medida de lo humano, que esa medida de lo humano venga de unos valores y una ética de la frugalidad frente a consumo, de la cooperación frente a la competitividad,  de la convivencialidad frente a la desintegración y atomización social, de la prevalencia de lo espiritual frente a lo material. ¿Imposible? Merece la pena intentarlo.  Sobre todo cuando los índices ecológicos nos dicen que el planeta no dará mucho más de sí de seguir por donde lo llevan los amos de ese mundo que, si bien colaboramos los asalariados y consumidores en construir, no es un mundo hecho a escala humana.

Dejemos, pues, de cooperar con quienes nos sojuzgan y cooperemos entre iguales, presentemos batalla contra quienes nos obligan al yugo del trabajo y nos venden el consumo como el terrón de azúcar a las bestias de carga. Desvistámonos de todas esas capas de necesidades que nos crea el sistema mediante su adoctrinamiento y digamos basta, y sobre todo, seamos capaces de constituirnos a nosotros mismos como individuos aún netamente humanos –reflexivos, creativos- y como seres decididamente sociables. Cuando las necesidades afectivas están resueltas la tentación del consumo es menor o incluso nulo, lo saben bien las industrias de la explotación que bien pagan a las de la conciencia para vendernos “emociones” prefabricadas por la publicidad. Lo saben bien las “administraciones” -esto es esa oligarquía de poder que constituyen los estados- para vendernos “bienestar” mediante el expolio de los impuestos, lo saben bien las agencias aseguradoras que, como la banca, siempre ganan. Aunque somos nosotros quienes debemos aceptar que la vida humana es incertidumbre y que ella sólo viene mitigada por los lazos afectivos, por el impulso creador, por los arraigos culturales entendidos como conocimiento de las generaciones antecedentes y por el deseo de transcender en las generaciones del porvenir.  

viernes, 24 de abril de 2015

Verdad y amor como elementos sustantivos de emancipación

En una sociedad anegada por el permanente adoctrinamiento hábilmente suministrado por  los medios de masas, las industrias del entretenimiento y la publicidad comercial, el sistema educativo y su cohorte de expertos, la búsqueda de la verdad definida como aproximación suficientemente cabal al relato de una realidad concreta se vuelve tarea ardua pero hoy más que nunca necesaria. 

Es, en primer lugar, necesidad del individuo que se estime como sujeto reflexivo y que no reniegue de la capacidad humana de la creatividad y que, entre ambas cualidades y por ellas, construya,de forma autónoma, una conciencia que lo sitúe en el mundo y entre los otros individuos.  

Es, también necesidad social, dado que el humano además de individuo es constitutivamente un ser social, sin el concurso de los otros el individuo tiene restringidas ciertas capacidades que sólo en cooperación con varios o con muchos alcanzan optimización. 

La búsqueda de la verdad, es pues, necesidad íntima del individuo y necesidad de una sociedad que aún no haya renegado del todo de su sustrato evolutivo.

Sin embargo la gran pregunta aquí es cómo partir en busca de la verdad cuando los medios adoctrinadores están en manos de una élite mandante y el común de la sociedad, casi en su totalidad convertida en una mera adicción de individuos-masa construidos precisamente desde las tribunas del poder, es receptora pasiva. 

Buscar la verdad requiere esfuerzo, en primer lugar esfuerzo individual, que comienza con la resistencia a creer sin cuestionar todo lo que desde el sistema adoctrinador parte. Requiere también de la capacidad de abstraerse a la aprobación o desaprobación de quienes en las inmediaciones no perciban el adoctrinamiento como tal o lo asuman resignadamente.  

Pero hemos dicho que el individuo tiene capacidades y potencialidades cuyo deber de conciencia es desplegarlas para sí y para revertirlas a la sociedad de la que forma parte. Además de individuos decididamente activos en la búsqueda de la verdad, éstos necesitan de la asociación con otros para en común activar sinergias de mayor alcance. 

Bien, ya sea solos o en compañía de otros, empezar a buscar la verdad es un acto de liberación y de emancipación, un acto subversivo en el más estricto sentido del término, porque la verdad subvierte la mentira y aspira a aniquilarla.

Si buscar la verdad implica el cuestionamiento de los medios adoctrinadores en su totalidad, incluida la cohorte de expertos funcionarios de los ministerios o de la gran empresa, se hace imprescindible que los individuos y colectivos conscientes y decididos en pos de la verdad asuman la responsabilidad no ya de la información, entendida ésta como noticia del mundo que se renueva con inmediatez, sino del conocimiento en las áreas más decisivas. Qué visión de la Historia es impuesta desde el poder constituido, qué sistema de salud y a qué intereses obedece, qué sistema de disvalores inculca mediante el sistema de educación obligatoria, etc.

Parece, así expuesto, tarea ingente o inabarcable, sin embargo empezar a hacerla es ir resquebrajando ese monolito sacralizado con artificios que se nos sirve como plato cotidiano indiscutido. Buscar la verdad supone renunciar a la comunión diaria con el pensamiento establecido desde el poder y que por ser establecido por éste sirve a sus propios intereses.

Y hablando de intereses, esa búsqueda de la verdad, para que sea tal y no una propaganda de nuevo signo, no debe estar guiada por ningún interés de orden personal o de grupo, más que el de la búsqueda de la verdad por sí misma, como valor deseable y aspiración permanente y como elemento sustantivo para el ejercicio de la libertad frente al sojuzgamiento ejercido por el poder.

En un mundo guiado por intereses cómo es posible hacer un esfuerzo de tal magnitud sin que a cambio sea obtenida alguna ganancia tangible, dineraria, o de dominación. Bien, solo será posible de la mano de otra subversión, el amor entendido como don, como entrega desinteresada. Si la verdad subvierte la mentira y aspira a aniquilarla, el amor subvierte el interés, la codicia y la voluntad de poder, solo con las armas opuestas al sistema de dominación podremos declararnos en rebeldía y enfrentarlo.


Definamos ese amor, que nunca será un amor por la subordinación ya sea por la que se padece o por la que se pueda ejercer sobre otros. Ese amor no es otro que un amor entre iguales, si desde las tribunas de poder se nos alienta al odio entre los individuos que formamos el común de la sociedad, porque en ese enfrentamiento permanente el poder (poder político y poder económico, Estado y Capital) obtiene todos sus réditos, romper esa inercia es tarea primordial. Así, pues, es necesario, restaurar las relaciones convivenciales hoy rotas. Una tarea no menos ingente que la búsqueda de la verdad, pues están hasta tal punto aniquiladas que llevará mucho esfuerzo y perseverancia remontar hacia una cultura del apoyo mutuo, la solidaridad entre iguales, la confraternización y la cooperación frente a la competitividad y el enfrentamiento. 


Para sentir como deber la emancipación es necesario ver las cadenas, quienes las vean deben señalarlas para que otros las vean también, he ahí la búsqueda de la verdad. 

Para derrotar la soledad de la atomización social, esta sí, sentida por muchos, hay que apartar el odio que es inoculado desde el sistema, mirar que donde hoy pones el puñal  has de poner la rosa o el pan mañana y reservar el puñal para el enemigo que es otro y no el que a tu lado va.
 
No podemos enfrentar el odio con màs odio ni la codicia con mayor codicia sin una escalada como en la que nos hallamos inmersos. Por eso en la reivindicación ante el poder de prevendas materiales nos hacemos reos del poder, nos dejamos sobornar por esto o aquello material e inmediato, cuando mantenemos lo material en el nivel que le corresponde, la supervivencia, cuando no aspiramos a consumir y nuestras vidas son frugales y livianas, estamos más preparados para enfrentar al poder, esto en tiempos no tan lejanos que no lo haya conocido gente de la generación presente, era tenida por cuestión elemental, hoy hay que recordarlo sin embargo.  Sobre todo cuando nos dejamos tentar por los cantos de sirena de las fuerzas políticas emergentes que promenten el retorno a una abundancia que además de no ser posible, no es deseable, dado que las promesas de mayor consumo traen consigo el incremento de producción con el consecuente deterioro ambiental.

No es tarea de este artículo, que se propone breve, profundizar en todas y cada una de las subversiones necesarias para cambiar sustancialmente la sociedad de la mentira y del odio, será tarea de muchos el ir haciéndolo, cuando nos enfrentamos no ya como sociedad sino como civilización a una crisis multidimensional como la presente, que bien pudiera desencadenar una aniquilación de la especie en su conjunto o de los valores de civilización netamente humanos, las tareas reflexivas no pueden no deben ser delegadas, todos y cada uno tenemos un deber para con nosotros mismos y para con nuestros iguales, ese deber es el deber de emancipación.

jueves, 2 de abril de 2015

Conspiranoia como género

Las teorías de la conspiración, que aspiran a explicar lo que a ojo de buen cubero no es explicable o lo es de forma parcial o tendenciosa, existieron siempre,  sin embargo es en la era de internet cuando experimentan un auge sin precedentes.

Y esto sucede porque a los "cuberos" (y para el caso no entramos en calificar si con buen ojo o no), es decir, los receptores de la masiva información que  llega a través de las autopistas de los nuevos medios, esto es todos y cada uno de los que vivimos expuestos a la hiper información (o hiper adoctrinamiento), no tenemos modo de contrarrestar que el exceso de árboles no nos impida ver el bosque. En medio de un alud de titulares, nos preguntamos si en alguno residirá algo de verdad por parcial que sea, por fragmentada que esté,  y ante esa pregunta nuestro ojo sigue la bolita hábilmente escondida por el trilero de turno.

Sabemos que la información es poder, que la fidedigna está en manos del poder, es decir de unos pocos, y que esos pocos la esconden detrás de mentiras colosales o de medias verdades suministradas con habilidad y estrategia.

Sabemos que la desinformación es un arma, lo es principalmente de guerra, y lo sabemos por la historia reciente de la propaganda.  La desinformación no siempre es falta de información o información tendenciosa también viene dada en la hiper información que por ilimitada resulta difícil o casi imposible gestionar o contrastar de forma efectiva, porque, pese a la sobreabundancia de hechos noticiosos, no existen o no son de fácil alcance fuentes que ayuden a contrastar la veracidad de los mismos.

Es en este galimatías de la "sociedad de la información" donde las teorías de la conspiración adquieren un papel relevante. Para muchos su atractivo reside en que aportan explicaciones no oficiales, alternativas, imaginativas, que cuestionan el orden establecido. Para otros sin embargo resultan molestas, disparatadas, delirantes.

¿Con cual de estas dos calificaciones nos quedamos? la respuesta que se nos viene casi como acto reflejo es ¿Por qué hay que quedarse una y descartar la otra?

Entre quienes alimentan la conspiranoia como género hay de todo (sí, como en la viña del señor), están los que, atendiendo sus propias necesidades de verdad, la buscan por caminos no transitados, o no transitados por la oficialidad de turno, y lo hacen con voluntad de verdad, se diría que con mayor grado de voluntad que de medios para alcanzarla. A falta de fuentes del todo fidedignas, se ven abocados a recurrir a otras capacidades que no son las netamente racionales, esto es la intuición, el "olfato", la observación de hechos pasados de los que sí existan informaciones corroborables y atreviéndose a interpretarlos sin las anteojeras oficiales; la imaginación, la fantasía, el humor, la ensoñación, etc.

También los hay menos escrupulosos o menos concienzudos, más chapuceros, o los que, negándose a seguir ciegamente las versiones oficiales, caen sin embargo en el seguidismo sin cuestionamiento de los clásicos del género, entrando en una espiral de tópicos que poco interesante aporta.

Además, como en todo lo que se cuece en esta sociedad mercantilizada hasta la nausea, también hay quienes con el género encuentran un filón para vender ficciones de variado formato, constatando que la desorientación en la que vive el individuo hiper adoctrinado contemporáneo constituye una clientela inagotable.

Ni bendecimos ni maldecimos la conspiranoia como género, está ahí y nos podemos servir de ella o rechazarla, pero igualmente podemos decir de la información oficial. Quienes más adhesión muestran a la información oficial, quienes menos la cuestionan, suelen ser aquellos que rechazan de plano cualquier información alternativa tachándola de conspiranoica (cuando la conspiración deja de ser sustantivo y se vuelve adjetivo es con ánimo descalificativo, peyorativo) quienes así actúan suelen responder a un perfil de individuo perezoso, acomodaticio, inmaduro, es decir, incapaz de asumir cuestionamientos incómodos, que no quieren que les perturben la eterna siesta, o los que aprendieron y aún no han desaprendido la inculcada fe ciega y obediencia sin fisuras como método de sobrevivir en el día a día.

Pero dicho esto parecería que todos los adeptos al género, tanto si son adeptos activos (los que alimentan el género con propuestas) como si lo son como espectadores o seguidores son sujetos muy capacitados y clarividentes, carentes de prejuicios y con una aguda perspicacia, y no, también es posible que sean narcisistas e inmaduros o que tengan un exceso de lecturas en formato cómic o películas de serie b, y el género, lejos de aportar una explicación esclarecedora de una realidad que se nos presenta inextricable, no sea más que una nueva válvula de escape ante la ansiedad que genera no alcanzar explicaciones plausibles de los hechos que acontecen sin que podamos intervenir de forma fehaciente en ellos.

Por último, no podemos obviar que la información alternativa, la conspiranoia como género, no sea también usada deliberadamente por quienes quieren contribuir a la ceremonia de la confusión. Según los estudiosos de la propaganda, existe una propaganda (denominada propaganda negra), utilizada en tiempo de guerra, que consiste en suplantar la identidad del bando enemigo, generando noticias falsas como si éstas fueran generadas de forma genuina por el bando cuya identidad ha sido suplantada y así poder dirimir el devenir de los acontecimientos derivados de esas informaciones falsas emitidas como fidedignas.

Así que, por todo lo expuesto, no estamos ante una sencilla tesis cuya respuesta sea la consabida respuesta maniquea. En cualquier caso, tanto si la información es oficial como si es alternativa no podemos confiar del todo en quien la genera, para ello es fundamental no mostrarse acomodaticio, despertar de la siesta y bien con un desperezo o con un gesto decididamente más procaz, someter a criterio lo que leemos, vemos u oímos.




22 M un año después




A punto está de cumplirse el aniversario de la "histórica" marcha de la "dignidad" que juntó en las calles de Madrid a un millón, o dos, según fuentes, de gente procedentes de diversos puntos geográficos del resto del estado. Aquella marcha se vendió, por parte de quienes la organizaron, como la "madre" de todas las "manis", la "refinitiva" la que haría torcer el curso de la historia contemporánea, porque "la situación había llegado a un límite insostenible". 

En las pancartas se pedía pan, trabajo, techo y dignidad, las tres primeras demandas, por ser materiales, pueden o no, según pareceres y opiniones, ser pedidas, mendigadas, suplicadas, solicitadas, demandadas,  etc ¿pero la dignidad? ¿cómo puede pedirse la dignidad a alguien que no sea a uno mismo? y no solo eso sino ¿cómo puede pedirse a unos gobernantes indignos que desconocen concienzudamente  el significado de la palabra dignidad, que te la otorguen? 


La manifestación fue un éxito rotundo de público, un lleno hasta la bandera (muchas, por cierto ondearon en ese día) me contaron quienes allí estuvieron cómo una anciana al paso de la llamada "columna sur" desplegó en su balcón una verdiblanca y fue ese un momento de intensa emoción para los andaluces que desfilaban tras las pancartas demandantes de "dignidad". 


Finalizó con unas escaramuzas entre ciertos manifestantes y la policía, escena que amenizó los telediarios de la jornada. 


Un año después hacemos balance, pocos lo hacemos, de las posibles "victorias" de las reivindicaciones de aquel señalado día, y encontramos que en lo referente al pan, las colas para pedirlo en centros de caridad se han triplicado, en lo que respecta al techo, los desahucios aumentaron, el trabajo continúa siendo desempleo y precariedad, eso por no mencionar la "dignidad" asunto de todo punto de vista de más complejo abordaje.



Pero aquella manifestación estaba llamada a hacer una raya en el agua, y en cuanto a juntar multitudes pocas la han superado, sin embargo un año después resulta arduo para sus convocantes destacar siquiera la más pírrica victoria, no obstante, inasequibles al desaliento, siguen jaleando las mismas consignas por los megáfonos y siguen encontrando miles de fieles seguidores que este próximo sábado volverán a repetir mani histórica de las que marcan un antes y un después, una más, "una más y las que hagan falta" dice un afanado demandante de dignidad, hasta que, suponemos, el 22 de marzo sea declarado día institucional de algo, o incluso festivo, quien sabe, todo será insistir con la suficiente perseverancia.


Alguien ha dicho que en la sociedad del espectáculo, la reivindicación forma parte del ocio. Si preguntamos a los asistentes a la citada manifestación todos coinciden en una respuesta "fue muy emocionante". No lo dudamos, la emoción está presente cuando se corean las mismas consignas -si no que se lo pregunten a los hinchas de cualquier equipo de fútbol-, cuando se forma parte de un escenario donde es llevada a cabo una representación, aunque el papel en la obra no sea de protagonista  estelar de megáfono y cabecera, sino de figurante a lo superproducción cinematográfica de antaño, unos miles que abarrotan un plano, que discurren por toda una secuencia. 


Y no, las emociones no nos suscitan desdén, forman parte de lo humano, lo que sí nos da un poco de repelús es la "pura" emoción, o mejor dicho, la emoción exenta de reflexión, que es la forma de sentir del humano "occidental-desarrollado" de hoy, que está presente en los espectáculos de masas, macroconciertos, eventos deportivos, industria del entretenimiento en todas sus ramificaciones, virtuales o presenciales, y que mueve a las multitudes de la modernidad en un trasiego adoctrinador que anula las capacidades reflexivas individuales y que suscita inquietud en quienes en ello reparamos.


La filósofa Hanna Arendt, al ser preguntada por los orígenes del totalitarismo en la Europa de entreguerras que de tan cerca vivió (siendo judía tuvo que huir de la alemania nazi) respondía que entre otras causas, la adhesión de las masas a los totalitarismos (sin hacer distinción entre si éstos son de un signo o de otro) se debe a la nulificación reflexiva del individuo que se hace un todo con el grupo renunciando a la reflexión interior desde su propio yo. 


Habrá quien piense que estamos exagerando, total por unas manifestaciones cuyas causas al fin y al cabo pueden calificarse de justas, quién quiere que la gente pase hambre, no tenga casa, no pueda sufragar los gastos básicos de supervivencia, ningún desalmado apostaría por ello, es justo rebelarse ante la injusticia, ¿pero es rebelarse trasegar con pancartas, banderas y megáfonos, que una vez replegadas, guardadas y conservadas hasta la siguiente convocatoria, duermen el sueño de la doctrina y la consigna? Despertar de una vez sí que sería un gran triunfo.