miércoles, 15 de noviembre de 2017

SENTIMIENTO DE IDENTIDAD NACIONAL

Los recientes acontecimientos en Cataluña y la orquestación mediática que han generado nos han impulsado a cuestionarnos acerca de qué es la identidad nacional. Más allá de diccionarios políticos o atlas de historia, cuyas consultas probablemente se habrán visto incrementadas estos días, hemos asistido a una inundación de reacciones en la red. La visceralidad ha primado sobre la reflexión y no únicamente porque el ruido alcanzó niveles ensordecedores sino porque de repente todos actuábamos como si nos hubieran mentado a la madre, aunque no todos exaltados por idéntico motivo.

Hay un diccionario no escrito de palabras contaminadas por el abuso. En España la palabra «patria» o «patriotismo», salvo en ámbitos militares o filomilitares, no goza de buena reputación. Cuarenta años de dictadura militar más los últimos cuarenta de apropiación por la derecha, heredera de la dictadura, de la bandera rojigualda (aunque en la versión constitucional), no alientan a una mayoría de la población a venerarla, aunque, no obstante, fuera agitada en las glorias de la selección de hace unos años.

El patriotismo catalán que demandaba independencia, una secesión territorial de España (ese mapa que todos reconocemos desde los tiempos escolares) puso a la defensiva a algunos que de repente se reconocieron españoles según ordena la constitución vigente y que, conforme a ello, obedecieron al impulso de correr hacia el bazar de la esquina a comprar una bandera, doblada en mil pliegues, para, sin demoras con la plancha, colgarla en el balcón. Ni qué decir de los avatares con la enseña que provocaron discusiones virtuales y baneados a mansalva y no necesariamente de catalanistas sino de esa otra España con sentimiento tricolor.

Muchas veces me he preguntado estos días, y hasta me he atrevido a preguntar a terceros, qué es ser español. Nadie, ni los portadores de avatares rojigualda, me han respondido. Definir los sentimientos, se entiende, no es fácil, a menos que sea uno poeta o propagandista. El nacionalismo (de cualquier bandera) es un sentimiento de exaltación que debe mucho a la propaganda desde la consolidación de los estados–nación hace unos trescientos años. Cuando la propaganda no ha resultado suficiente se ha impuesto por las armas. Se reaviva si es amenazado. El español, que parecía dormitar, se ha visto vivificado. También la rebelión catalanista ha alentado a los denominados nacionalismos periféricos, incluso a alguno marginal como el andaluz.

Entre las preguntas que barajábamos se encontraba la que se han planteado los catalanes no independentistas, con una respuesta casi unánime: soy catalán y español (o viceversa). Respuestas análogas parecen coincidir en la mayoría de la población de otras zonas geográficas del mapa hispánico.

Hablar de sentimientos implica hacerlo en primera persona del singular, lo que se siente es personal e intransferible, aunque luego, cotejando, haya coincidencias con otros. Coincidir con otros, con cuantos más mejor, es una necesidad del humano como ser social. La confrontación incomoda, si es permanente crea brechas que se tornan irreconciliables, ello es advertido por muchos catalanes no independentistas de diversas ideologías.

No puedo soslayar el autoexamen de mi identidad ¿Me siento más andaluza o antepongo la españolidad? Tan sólo respondo «española» en el apartado «nacionalidad» cuando se trata de algún cuestionario burocrático o viajo al extranjero. Así que puedo confesar que no tengo un sentimiento de españolidad. Siento más proximidad sentimental con lo andaluz, sin que eso me lleve a  reclamar un Estado para Andalucía, ni a reivindicar una nueva frontera, ya hay demasiadas. Tampoco me suscita ningún complejo de inferioridad o superioridad, en el supuesto de que me comparara con personas de otros territorios. No deseo adoctrinar en andalucidad a nadie ni siento orgullo de ser andaluza, como no me siento orgullosa de haber nacido  morena con los ojos castaños. No suelo encontrar motivo de orgullo en cuestiones que no he elegido, en las que ha intervenido el azar y no mi voluntad, entiéndase: no es como alcanzar una marca en los cien metros en caso de entrenarse con ahínco en ello.

De niña y hasta entrada la adolescencia viví en otras comunidades de España, dos de ellas con lengua propia, lo que me hizo comprender tempranamente que el pueblo es diverso y en cada territorio presenta unas peculiaridades. Tal vez por ello no entiendo, más allá de la burocracia y el mapa escolar, qué es España, qué es ser español. Del mismo modo, sintiéndome más cercana a lo andaluz, no encuentro homogeneidad en Andalucía, sino diversidad, un sevillano no es un almeriense ni falta que hace. No me ofendería si alguna población de las incluidas en el territorio andaluz se declarara no andaluza si sus habitantes así lo prefirieran libres de coacciones. Tampoco, por tanto, me he sentido ofendida con aquellos que desean materializar una secesión en Cataluña. Sí, sin embargo, por los procedimientos empleados, utilizando la coacción y la manipulación para tal fin, porque en ese caso empatizo con los coaccionados.

Quizá se me atribuya una indolencia con respecto al cumplimiento de la Constitución o un desapego con las inculcadas doctrinas escolares. Sucede que, así como no me identifico con los terratenientes, tampoco me identifico con el Estado. Si alguna duda me cabe con respecto al sentimiento de españolidad no me cabe ninguna al respecto de que España es un Estado que, como tal, se impuso a sangre y fuego sobre los pueblos diversos de la geografía que hoy la conforman, que la conforman según una legislación elaborada sin participación popular y contraviniendo los modos de convivencia tradicionales, hoy sepultos por la hegemonía  estatal. Por eso nada tengo que decidir sobre una localidad, sobre un territorio, que no habito. Sobre un territorio, una localidad determinados, quienes deben decidir son sus habitantes, en libertad, que las tierras no son sino legítimamente del pueblo que en ellas convive y que el modelo de gestión más justo es el comunal mediante asambleas y la libre federación.

La bandera tricolor, que se atribuye a la izquierda obviando que representa la II República, un modelo de Estado que contó con gobiernos de derecha y que no logró tampoco, como en la primera proclamación, consolidarse. Fue legal tal como hoy lo es la aplicación del artículo 155 de la Constitución que ha suspendido el gobierno de la Generalitat. La legalidad en cada periodo histórico la determina el más fuerte por lo que no coincide con la justicia.

Vivimos en una sociedad altamente ideologizada, adoctrinada hasta la náusea, las diatribas ideológicas no hacen sino añadir confusión. Así hemos sido testigo de cómo las izquierdas, definidas internacionalistas, se han puesto (aunque no unánimemente) de parte de uno de los nacionalismos enfrentados, el periférico, porque la rojigualda  y el partido en el gobierno representan la derecha. La única izquierda que ha apoyado al gobierno es la más tibia, la que se turna en el poder. Tanto la izquierda más veterana como las renovadas han obviado que el nacionalismo periférico también es, mayoritariamente, de derechas.

Con todo, la división más llamativa la han protagonizado las organizaciones libertarias. Hemos asistido a la tácita proclamación de un anarquismo pro estatal que ha perdido pié, coherencia y rumbo apoyando un protoestado: la república catalana, burguesa y de chichinabo, que obvia el conflicto de clases.

La aculturación que propicia la globalización en curso nos desarraiga y nos aliena. Rota la convivencia que definía al pueblo como sujeto político en combate contra los estamentos de la dominación, no somos sino individuos pusilánimes, dóciles ante el poder y en batalla perpetua entre iguales. En este río revuelto los vendedores de arcadias supuestamente felices encuentran su agosto. Nos lo demuestra a diario el mercado de  consumo, todo producto se vende si son agitadas las adecuadas emociones, se trate  de un coche o de una ínsula barataria. Si algo define al sujeto de la postrera modernidad es su propensión a ser engañado con la mentira que le gusta.

Concha Sánchez Giráldez






































































domingo, 12 de noviembre de 2017

ADA O EL CANDOR

En fecha reciente la señora Colau se ha retratado junto a la activista Naomi Klein, que abarrota auditorios internacionales con  su crítica al capitalismo del desastre. Dicha crítica, parcial, porque obvia decir que el capitalismo en sí supone un desastre,  desea y proclama un capitalismo de rostro humano. Entelequia ésta propia de la izquierda que, en la disyuntiva proporcionada por el mismo  Sistema, opta por el Estado frente al Mercado. No es de extrañar que, agradecido con quienes intentan mejorarlo, el Sistema ceda espacios amplios y altavoces de altos decibelios a tal fin. Así sucedió con los partidos de nuevo cuño que llegaron para romper el manoseado bipartidismo del 78. A sus líderes se les concedió la plataforma de las televisiones generalistas para darse a conocer. Sucedió con Rivera, con Iglesias y con la propia Colau, otrora activista por el derecho a la vivienda y hoy alcaldesa de una gran ciudad desde donde se postula para liderar mayores cuotas de poder.

El magnetismo del poder seduce, en particular a determinadas personalidades. El ejercicio del poder suele corromper, no necesariamente impulsando a saquear los presupuestos institucionales, que también (contamos por cientos los ejemplos de ésto en el panorama patrio) sino porque el dominio sobre otro, sujetar a otro por el deber de obediencia, proporciona un aura de superioridad, latente en quienes aspiran al poder, desarrollado hasta la megalomanía cuando de facto se ordena y se manda. Que ese poder pretenda legitimarse por medio de las urnas no le resta perversidad, le añade, sí, un esfuerzo en las tareas de seducción. Dos son las características que no pueden faltar en un aspirante a líder que pretenda medrar: encanto seductor y maquiavelismo, combinadas garantizan la prosperidad del pretendiente a cualquier «trono».

Colau lo sabe desde mucho antes de tomar el bastón de mando de la alcaldía. El activismo social sirve de trampolín propicio para el ascenso político de determinadas personalidades carismáticas. Sobre todo si no se posee fortuna o apellido por línea familiar, si no se tienen méritos académicos que airear, entonces un sindicato, una ONG, el activismo reclamante de derechos, es el lugar idóneo desde donde escalar en la pirámide social. Seduciendo por aquí, zancadilleando por allá, pactando con el mismo Satán, se han consolidado algunas carreras con carteras ministeriales y cargos de variado rango.

El candor, pues, no es un adjetivo que defina a los aspirantes a puestos de mando. Sí a aquellos que son seducidos: los palmeros y votantes. No sé si entre ellos se cuenta a ese que recientemente ha gritado «traidora» a Colau en un acto público. Un despecho tal no puede provenir sino de alguien que ha creído fervorosamente que ella era la voz de los sin voz, que esta vez sí lo iba a representar una digna representante. El caso es que fue desalojado por la seguridad allí presente y su pancarta resultó tan ninguneada como su dignidad. «¡Dejadle hablar!», gritó la aludida, a sabiendas de que no sucedería y porque mandarle decapitar resultaría excesivo hasta para la reina del cuento de Alicia.

Las apariencias son engañosas, es sabido. Por ello esos narcisistas perversos que contamos por miles en los puestos de poder cultivan cuidadosamente su apariencia. Sobre todo antes de tocar poltrona, que después, como el poder cambia a peor a quien lo ejerce, hasta se olvidan, ensoberbecidos, y traspapelan el rol del que se habían válido.

El empleo del lenguaje manipulador es herramienta común en estos sujetos. En la sintaxis de los políticos abundan ejemplos. Desde lo que Orwell denominó «doble pensar» hasta el marxiano «estos son mis principios si no le gustan tengo otros», se valen de un extenso catálogo donde la verborragia rebuscada intenta enmascarar el vacío de sentido de lo dicho, para que, andando el tiempo, si la coyuntura lo requiere, pueda ser cambiado a conveniencia.

Otra técnica empleada por los manipuladores perversos consiste en dejar las frases inconclusas para que el interlocutor pueda completar a su gusto la línea suspensiva*, así, con la colaboración del oyente, hay mayores posibilidades de acertar con las palabras que éste desea oír. El uso de frases ambivalentes enmascaradas de comprensión a todas las partes concurrentes es otra herramienta.

Lo expuesto justifica la trayectoria en partidos que empezaron de socialdemócratas y tras diversos tanteos encuentran su nicho en la derecha de corte más rancio (Rivera). También permite que esos antisistemas de pacotilla de Podemos se declaren de izquierda y tengan en su seno a un general de la OTAN. O que la propia Colau y los suyos se denominen a sí mismos sin pudor «los comunes», cuando nada tiene de comunal un partido político. La lista podría ser interminable sólo ciñéndose a los nuevos. A los de siempre ya ni los mencionamos, tan agostados nos tienen.

El Sistema sabe renovarse: invierte en marketing, en propaganda y «consenso» a diario. Nos hace creer que es posible a cualquiera, por mérito propio y sin sus imprescindibles  catapultas, llegar al poder, pero lo que demuestra el análisis de la realidad sin apegos ideológicos es que sólo amoldándose a las necesidades del propio Sistema se puede prosperar en él y hacer que él prospere. En ese quid pro quo se debate el feneciente régimen del 78, en el mudar de piel de la serpiente. Encuentra numerosos cooperantes necesarios, tanto entre quienes ansían tocar «trono» por métodos necesariamente manipuladores, como entre los candorosos votantes que, cual apostante de sorteo, depositan en la papeleta las ilusiones siempre contrariadas de que esta vez, sí, todo será diferente.

No existen antisistemas dentro del Sistema ni éste prestará altavoz jamás a quien de verdad lo contraría. Tan sólo admite una «disidencia» moderada por sí mismo, consiste en que la balanza se incline algo más sobre el poder del Estado o dejar más espacio al Mercado, lo que de continuo viene alternando según necesidades estratégicas. Quienes osen negar al Estado y al Mercado y adjuren de ese tándem inseparable, esos, están fuera de toda tribuna, cuando no en la cárcel. Ahora bien, debido al éxito de la descomunal maquinaria propagandística, son muy pocos.

*Para saber sobre el lenguaje manipulador de los perversos narcisistas recomendamos la lectura de “El acoso moral en la vida cotidiana” de Marie France Irigoyen, libro de libre disposición en la red.


Concha Sánchez Giráldez

martes, 7 de noviembre de 2017

ASÍ EN CATALUÑA COMO EN ESPAÑA

El Sistema (Estado y Capital) nos vende un paraíso que está siempre en otra parte, para pagar su alto precio nos mantiene, como cobayas, corriendo sin parar sobre una cinta deslizante, de manera que nunca alcancemos el fruto tentador.

Sea por un fetiche de marca que nos cree la ilusión de parecernos al futbolista o la modelo (paradigmas del triunfo) o por unos paraísos ideológicos que prometen lo que nunca han de cumplir, nos afanamos ansiosos en pos de una zanahoria, huyendo siempre del palo amenazante de damocles que nunca falta.

El Sistema nos puede vender lo que quiera porque todos los medios están a su servicio. Generalmente nos vende un pack completo donde se incluye el “problema” junto con la “ solución” en un kit con todas las piezas para armar. Como tiernos infantes nos entretenemos con el Lego de mil piezas, así, como los niños, bien distraídos, no damos la lata, o la damos con asuntos poco relevantes (¿Cómo se encaja esta pieza, papá?)

En Cataluña se nos vende una República Independiente, y Cataluña es pionera, la avanzadilla. El producto estrella, el Lego nivel dios, será la República Federal Española, o Confederal si hace falta. Aunque aún no ha llegado el momento del conejo triunfal de la chistera, antes habrá una ración de llanto y crujir de dientes, un quítame ese rey con este basto, un poquito de “revolución” televisada, un manifestódromo donde lucir pancartas; para así poder verter alguna lágrima de emoción con proclamaciones, que el espectáculo, ya se sabe, debe tener exposición, nudo y desenlace y todo debe ser narrado a su tiempo, los guionistas lo saben.

Así en Cataluña como en España no serán puesto en entredicho los grandes pilares del Sistema: la explotación del salariado, la esquilmación de los recursos, la vejación de la Naturaleza, la quiebra del sentido ético de la existencia que nos hizo humanos. Continuará habiendo clases, tanto esas aulas donde se nos seguirá adoctrinando “gratuitamente”, como las otras, las que designan quiénes son triunfadores y quiénes tienen que seguir corriendo sobre la cinta deslizante.

El paraíso está siempre en otra parte para una inmensa mayoría, salvo para esas minorías tan cualificadas que tienen el paraíso cuajado de millones al alcance de un vuelo de jet privado, o de aeronave oficial, tanto da, todos los vuelos les pertenecen. Aunque tal vez, sólo tal vez, los que permanecemos a ras de suelo recibamos un puñado de caramelos sobre nuestras cabezas, como sucede en las cabalgatas, y nos daremos empellones unos con otros por recoger los caídos al suelo. Quizá sonríamos, incluso, con una alegría inducida, si esos caramelos no nos los dispensan por esta vez unos reyes.

Concha Sánchez Giráldez

martes, 26 de septiembre de 2017

TODOS LOS PUEBLOS EL PUEBLO

La mayoría de los catalanes, como de los españoles, son gente del pueblo, desposeídos, que ni ejercen el poder ni administran el capital, trabajadores a quienes otros explotan si están empleados o sufren la angustia de no tener un modo de subsistencia.

En Cataluña y en España deciden por todos una élite corrupta que, en sus disputas por el poder, han dejado al descubierto sus vilezas, antes camufladas por la propaganda y hoy ya indisimulables bajo el cruce de vituperios disfrazados de legitimidades o legalidades que todo lo embarra.

La oligarquía catalana (esa alianza estrecha entre quienes ejercen el poder político y quienes poseen el dinero) está promoviendo desde hace tiempo, valiéndose de sus muchos medios adoctrinadores, la creación de un Estado independiente, mediante un referéndum que han dado en denominar “derecho a decidir”. Es como poco llamativo que quienes lo deciden todo, desde siempre, estén dispuestos a compartir el privilegio de decidir con quienes no deciden nada nunca. ¿No será que la decisión es única, y en un sólo sentido, aprovechable en todo caso para quienes la promueven con tanto ahínco?

¿Qué es un referéndum? Más allá de una consulta que el gobierno vigente hace a la población mayor de edad mediante el ejercicio del voto, suele ser, como las elecciones, el método por el que el poder se da una conveniente capa de barniz legitimista ante una masa de gobernados que dan su consentimiento. No es un acto democrático, pues para que lo fuera todas las opciones deberían disponer de los mismos medios de difusión de ideas, pero quienes convocan votaciones son también los que dirigen el sentido de ellas en la dirección que conviene a sus intereses.

Hay una parte del pueblo catalán, no obstante, que siente su catalanidad incompatible con una españolidad que le es ajena. Otra parte que no siente esa incompatibilidad. Esto no es un fenómeno de hoy, viene de antiguo, lo que sí es nuevo es que estos dos sentimientos hayan sido azuzados por la mano propagandística de quienes ostentan el poder. Llegados a este punto la fractura entre el pueblo es un hecho. Llamativo es que la fractura no se haya producido entre el pueblo –todo él– y quienes ostentan el poder en cualquiera de sus formas; por tanto ¿A quién beneficia un pueblo roto?

Hemos hablado de catalanidad y españolidad como sentimientos porque, más allá de disquisiciones legales, eso son: sentimientos. Los sentimientos nunca son errados. Los pensamientos pueden debatirse, refutarse, los sentimientos no, se sienten y en la medida que se sienten son certeros, no ofrecen resquicio a la duda. Los humanos somos seres pensantes y sintientes, no podemos descartar lo uno ni lo otro sin descartar una parte de lo que somos. Se nos dirá que es más fácil agitar lo emocional en nosotros que lo reflexivo. Pero los sentimientos no son emocionalidad exenta. Son emociones asentadas por la vivencia, por un hacer cotidiano. Para que la emoción cuaje en sentimiento, además, debe mediar un pensamiento éste sí cuestionable.

Aunque la cuestión principal a plantear es que si finalmente hay un referéndum (tenga lugar o no el del próximo 1-O, no parece que haya otra salida pacífica a la crisis planteada) y hubiera una mayoría suficiente de síes, o por el contrario el Estado decidiera emplear la contundencia de la fuerza en la cual se asienta, el ejército, ¿qué cabe hacer al pueblo? Tanto al catalán como al español fuera o dentro de Cataluña, es no enfrentarse entre sí. Al pueblo de fuera de Cataluña no se nos pierde nada con una independencia en Cataluña ¿Poseemos acaso esa tierra? ¿Debemos decidir por otros o debemos decidir por nosotros mismos allá donde cada uno de nosotros se encuentra? ¿Hicimos nosotros las leyes que obligan a conservar fronteras? Si quieren pelear que peleen ellos: los que mandan, y que se maten ellos entre sí. El pueblo catalán, el español, todos los pueblos, son el Pueblo y la fuerza del Pueblo es la unión, que ninguna propaganda nos haga olvidar esta verdad esencial.

Que nos pueden obligar a defender leyes que no hicimos como nos obligan a trabajar para vivir o a mendigar si no tenemos trabajo, sí, pero lo mismo que podemos hacer huelga en el trabajo podemos abstenernos de pelear por ellos y sus injustas leyes. ¿O es que acaso las leyes que nos imponen son justas? ¿Quién decidió rescatar a la Banca? ¿Quién decidió pagar la deuda –la maldita deuda– quitándonos el pan de la boca? Los mismos que ahora apelan a una legalidad que ellos y sólo ellos modifican a su arbitrio.

Sin obviar los sentimientos, debemos hoy, el Pueblo, no dejar que campe la emocionalidad sin canalizarla a través de una reflexión, es ésta: los pueblos que no luchan entre sí son siempre hermanos, los españoles en Cataluña lo son de aquellos que no sienten la españolidad y viceversa. Los españoles de fuera de Cataluña nunca tendrán enemigos más allá de una nueva frontera. Los enemigos de todos los pueblos, del Pueblo, son los que dominan y explotan al Pueblo y no conforme con ello los echan a pelear vicariamente por sus propios intereses y privilegios. Si llegara el caso de nuestras gargantas como grito natural brotaría un ¡Abajo las armas! Y si no apuntar con ellas hacia arriba.









sábado, 2 de septiembre de 2017

ISLAMOFILIA   VERSUS   ISLAMOFOBIA

Ni islamofilia ni islamofobia, pero no por una cuestión de cómoda equidistancia, sino porque ambas están siendo jaleadas desde la propaganda del Sistema. Los métodos ya los conocemos, consisten en crear dos alternativas supuestamente contrarias y hacernos pelear tomando partido por una de ellas. Lo hacen con un fin. Rompámosle la estrategia.

No puede existir filia entre desconocidos, tratar a alguien con especial deferencia por el mero hecho de que provenga de una cultura diferente a la propia es prodigarle un trato paternalista, por lo tanto es no considerarlo en un plano de igualdad.

No puede existir fobia entre desconocidos a menos que los prejuicios hayan sido alimentados, si así fuera cabe preguntarse ¿cómo, de qué forma? ¿hasta qué punto lo han sido con anuencia propia?

Podemos valernos de datos a fin de afrontar la cuestión con objetividad ¿estamos siendo invadidos? ¿los que llegan son conscientes de ello? ¿quién los alienta a venir? ¿de qué métodos se vale? ¿no es más justo poder vivir en la tierra  donde uno nace y no en una cultura diferente, lejos de semejantes y allegados y sin raíces? ¿Qué buscamos cuando emigramos?

Las fronteras del mundo son artificios, quienes las imponen son los que determinan quién ha de saltarlas, cuando y porqué. Desde tiempo inmemorial pequeños grupos humanos han optado por desplazarse en busca de lugares nuevos donde residir, en ese sentido las migraciones forman parte de la esencia humana. Las migraciones masivas, sin embargo, son un fenómeno moderno, inflado por la globalización, lo que equivale a decir por las guerras de expolio, por las demandas del consumo y por la devaluación de la fuerza de trabajo para la producción.

Tras décadas de políticas contraceptivas, la demografía en Europa alcanza una quiebra depresiva, en los países geográficamente más cercanos es pujante, coincide que estos países pertenecen al Islam.

¿Hasta qué punto los europeos de a pie (quiénes trabajamos, consumimos, pagamos impuestos) somos responsables de las decisiones políticas que nos afectan a nosotros así como a las poblaciones de los  países que son expoliados? Las cúpulas de los estados y los grandes capitalistas son los directos responsables, sin embargo cabe una cuota de responsabilidad en cada uno de nosotros por obedecer, por sucumbir ante el miedo o por degustar las migajas del botín. Por dejarnos aleccionar.

¿Hasta qué punto los migrantes (quienes recorren distancias abismales entre su cultura de origen y la de acogida, se incorporan al mercado laboral, pagan impuestos) son responsables de las decisiones políticas que los han traído aquí? Ya hemos señalado a los directos responsables, a esas responsabilidades no son ajenas ni las cúpulas dirigentes de sus países de origen ni los que amasan fortunas con los recursos que se apropian. Sin embargo cabe una cuota de responsabilidad en cada uno de ellos por obedecer, por sucumbir ante el miedo o por desear degustar también las migajas del botín, por dejarse aleccionar con la idea de que el primer mundo es el paraíso de la confortabilidad.

El peso de la responsabilidad de cada uno de nosotros tanto si pertenecemos a las poblaciones de acogida como si somos migrantes es abrumador en la medida que lo vivimos desde la individualidad. Sentirse solo ante las necesidades que hay que, obligatoriamente, satisfacer, crea un sentimiento de impotencia, la de no hallar otra salida más que la de incorporarse a esa rueda demoledora con tal de no perecer.

Si los mismos responsables de que seamos explotados los autóctonos, son los que promueven las migraciones masivas para perfeccionar el grado de explotación, de los unos y de los otros, ¿por qué entonces no promueven sólo la islamofilia? Porque la islamofobia es tan útil como aquella, la cuestión es crearnos un estado de permanente estrés, que nos peleemos por un puesto de trabajo cuyo sueldo así puede sufrir continuas devaluaciones, hacernos disputar por unos servicios sociales cada vez más precarios, mientras por otro lado se nos inculca, mediante la islamofilia, que somos egoístas por no compartir nuestro pan de los pobres y, contradictoriamente, hacer que nos identifiquemos con los directos responsables dado que vivimos en la parte privilegiada del mundo. Desde la islamofobia también hay una identificación con los directos responsables: la de sentirse con el derecho a privilegios.  Mediante la una y la otra crean entre la población autóctona un núcleo relevante de cooperadores necesarios con la estrategia del poder, a la izquierda se le asigna la islamofilia, a la derecha la islamofobia. ¡Cuánto nos suena esta estrategia tan manida por el uso y el abuso!

El trato con el diferente no puede ser otro, desde el punto de vista ético, que el considerarlo tan humano como se condidera uno mismo, esto requiere desde luego un ejercicio de introspección ¿Hasta qué punto me aprecio y por tanto puedo apreciar? ¿Hasta qué punto me respeto y por tanto me hago respetar? ¿Si he perdido virtudes humanas puedo exigirlas en el otro? Éticamente debemos autoexigirnos virtudes y demanadarlas en el trato con quienes nos relacionamos. Sin paternalismos ni supremacismos. De humano a humano. De igual a igual. De explotado a explotado, al fin.

El «divide y vencerás» es la estrategia de los que ordenan el mundo conforme conviene  a sus particulares intereses, lo han logrado de mil maneras con la población autóctona. En el caso de la inmigración islámica la estrategia viene incorporada por tratarse de una cultura muy disímil. Quien emigra deja una parte de sí en su tierra que permanecerá en el pasado porque aunque un día regresara ya no sería el mismo que partió. No será tampoco nunca un autóctono del país que lo acogió por más que se quiera asimilar a ellos. El desarraigo es profundamente injusto. Sin embargo no sucede sólo por emigrar, podemos permanecer en un mismo lugar de residencia durante toda una vida y no sentirnos pertenecer a una cultura como pueblo, sino identificarnos únicamente con las consignas suministradas desde el poder mediante la propaganda y la publicidad, es lo que viene sucediendo en este primer mundo, en esta desvencijada Europa que agoniza.

Cabe preguntarse si quienes están llegando a Europa desde culturas menos desintegradas alcanzarán por número a desbancar lo que resta de la cultura europea. Si en un intento por no perder sus identidades de origen la acabarán por imponer. Si los medios de propaganda no contribuirán a ello si en algo  beneficia al Sistema.

Para detener esa rueda implacable no cabe más que romper con el individualismo en el que nos hallamos inmersos, cooperar entre iguales con el fin de satisfacer las necesidades básicas de subsistencia, hacer frente a los directos responsables, desobedecer, despojarles de sus privilegios. Si hay una división de opuestos es entre quienes explotan y quienes son explotados.

Debemos, así mismo, repensar las culturas europeas, rescatar lo que de valioso quede de ellas. Para aquello que ha quedado destruido se impone la tarea perentoria de crear un código  de valores, para el que el restablecimiento de una convivencia genuina entre iguales es decisivo. Esos valores no serían novedosos pues nuestra historia da cuenta de ellos, también la filosofía. Necesitaremos de una buena dosis de estoicismo, de las virtudes que nos enseñó la cultura clásica, de trazar estrategias al tiempo que vamos adaptándonos a los requerimientos del presente, como brújula nos guiaremos por una siempre nutrida y alerta conciencia.











    

jueves, 31 de agosto de 2017

LA FE DE GÉNERO

Las ideologías, como sistema cerrado de creencias que son, ciegan. Por eso, quienes profesan la fe de la ideología de género, están impedidos para ver la realidad sobre el caso Juana Rivas. Si las mujeres son víctimas por el hecho de ser mujeres y los hombres victimarios igualmente por designio de su sexo, entonces no se podrá comprender que haya mujeres no víctimas ni que haya mujeres victimarias. Aunque haberlas haylas y no son casos excepcionales.

Cada vez a más mujeres el feminismo no nos representa. ¿cómo me va representar una ideología que niega mi completa humanidad? El ser humano puede optar desde su conciencia por ejercer el bien o el mal, y esta opción corresponde al individuo como tal, con su acervo, su biografía, su personalidad, su carácter.

Pero esta ideología niega la conciencia en el ser humano mujer ya que, al situarla en el permanente rol de víctima, le niega poder de decisión sobre sí misma. Y recuerda con ello, bastante, a aquellos prebostes de la iglesia que negaban que tuviera alma. No me extraña esta coincidencia, de hecho estamos refiriéndonos a dos doctrinas, dos fes, dos sistemas rígidos de creencias que a menudo son rivales en el ring de la sociedad pero que se rigen por esquemas idénticos. De un lado un obispo lanza una diatriba contra las feministas y sus fieles los aplauden acaloradamente, en respuesta el feminismo lanza una andanada  de bragas manchadas de sangre a la fachada del obispado y sus fieles se creen el colmo de lo subversivo. Pero no son tan distintas, no, incluso ambas fes sacan de procesión sus iconos más reverenciados, la una pasea torturados y escarnecidos, la otra, procesiona con tijeras, machetes, y hasta coños de silicona (también con pollas del mismo material y diversas proporciones en el día del orgullo gay). Ambas son espectáculos rivalizando en la era del espectáculo y no dejarían de ser hechos pintorescos si no fuera porque detrás de todo dogma de fe se esconde una inquisición que lo preserva a sangre y fuego, si no fuera porque esa inquisición necesita de chivos expiatorios y hasta de sacrificios humanos. Si las mujeres son siempre víctimas y los hombres siempre victimarios la cacería del hombre está justificada, así la ley de Linch es la ley supremacista del feminismo. Esa ley en el Estado Español se llama Ley de Violencia de Género, de un sólo género, el designado como violento, el hombre, el otro, la mujer, es siempre víctima ¿no recuerda esto demasiado a ese otro dogma de una “siempre” virgen maría? Seguro que si ahondamos hallamos más similitudes.

No, el feminismo no me representa, me declaro librepensadora, y estoy dispuesta a asumir que me lapidarán desde esa fe y desde la otra. Es el precio que tiene pensar, la fe –cualquiera de ellas– es infinitamente más cómoda, pero no se trata de optar por la comodidad sino por la libertad, me niego al victimismo, me quiero libre.




lunes, 21 de agosto de 2017

ESTRATEGIA DEL TERROR

No es paranoia, las conspiraciones existen, los Estados siempre se sirvieron de ellas. Llegamos a conocer algunas muchos años después (v.g.Operación Gladio). Las complejidades de la geoestrategia actual crea extrañas alianzas y engorda monstruos. El Isis (o Daesh, antes Alqaeda) fueron en origen guerrillas locales impulsadas luego por las potencias occidentales, con EEUU a la cabeza. Resultan útiles para lograr la estrategia del caos en países donde aún quedan recursos energéticos que expoliar. También resultan útiles para sembrar el miedo en occidente, con atentados que no requieren gran despliegue, ni siquiera armas, basta un vehículo, basta embestir a la multitud. Basta con repetir hasta el hartazgo en los medios que estamos en peligro.

Que el miedo es muy útil a quienes gobiernan tampoco es una novedad. Las razones de Estado lo promueven y se sirven convenientemente de él.

El terror en la población es fácil sembrarlo, como hemos visto. Además de los medios con su incesante  discurso, si las sospechas se ciernen sobre un colectivo llegado en los últimos  años a convivir entre nosotros, los musulmanes, de los que guardamos en el acerbo un antagonismo histórico, el cóctel de probables conflictos está servido.

No hace falta aclarar que no todos los musulmanes son partidarios del integrismo islámico, ni que todos ellos se dedican al terrorismo, porque con que pertenezcan a una cultura que nos es ajena es suficiente para insuflar las convenientes sospechas.

Las ideologías que nos dominan en esta parte del globo ya lograron hace tiempo que consideráramos a nuestro vecino –tan autóctono como nosotros– como potencial enemigo y competidor. Qué no lograrán que pensemos del recién llegado.

La propaganda del Sistema nos lanza mensajes contradictorios. Por un lado la hidra islamista acecha por todas partes, no sospeche sólo de su vecino, nos viene a decir, sospeche con más ahínco del moro, ya no tiene  usted que avergonzarse de ello porque esté mal visto señalarlos como competidores en el mercado laboral y en los servicios sociales, puede usted odiarle sin sentimientos de culpa dado que él puede ser un terrorista.

Por otro lado nos conmina, con los discursos paternalistas de las ongs, a repartir con ellos nuestro pan de los pobres. E incluso a considerarlos mejores que nosotros, tanto que nos odiamos, ya no alcanzamos a encontrar nada aceptable en nosotros mismos.

Se avecinan tiempos conflictivos. A la escasez de recursos se sumarán tensiones inducidas en la población. Qué hacer. No es aceptable organizar cuadrillas hitlerianas de matones para administrar somantas, ni tampoco es conveniente pecar de ingenuos, si los autóctonos somos adoctrinados desde la cuna en una historia de vencedores permanentes donde los derechos caen siempre de nuestro lado, también los musulmanes han sido aleccionados, los unos y los otros seguimos siendo carne de cañón y de negocio para las élites. Con toda probabilidad nos dejaremos conducir cada quien por nuestros amos, eso sí a cada cual nos harán creer que salvamos una civilización.